domingo, 29 de octubre de 2017

Reseña de "Bioficciones", por Carlos Enrique Saldivar


Román Abram, Benjamín. Bioficciones. Lima: Torre de Papel Ediciones, 2016. 139 pp.

Benjamín Román Abram (Lima, 1970), abogado de profesión, editor y crítico literario, es hoy un experimentado escritor, que trabaja la poesía y la narrativa de manera efectiva. Sus publicaciones en varias plataformas de prestigio, nacionales e internacionales, respaldan tal afirmación. Sus ficciones tienen gran calidad y se aprecian bastante en este medio literario peruano, donde la calidad hoy se asienta en diversas áreas creativas, sobre todo en las letras fantásticas, en especial en ese discurso tan difícil que es el relato corto, y si hablamos de fantasía, no solo hemos de mencionar el contexto general, sino los diversos subgéneros: el terror, la ciencia ficción, lo fantástico, lo insólito, lo maravilloso, etc. El autor ha incluido ficciones, como dije, en medios de renombre: el fanzine Agujero Negro (Perú); las revistas miNatura (Cuba-España), Parafantástica (España), Umbral (Perú), etc., así como en las compilaciones: Se vende marcianos: muestra de relatos de ciencia ficción peruana (Perú) y Erídano. Suplemento N° 26: Ciencia Ficción Peruana 2 (España), entre otras. Algunas de sus narraciones han visto luz en este, su segundo libro, titulado Bioficciones, el primero que nos brinda en formato impreso; un volumen de cuentos y microrrelatos (textos brevísimos de pocas palabras), donde el autor explora a diversos personajes relevantes para el mundo, de la realidad o inventados; sujetos históricos cuyas vidas nos interesan y sobre las cuales queremos saber, a fin de nutrirnos culturalmente y desplegar nuestro magín lector gracias a estas versiones que se nos entregan. Tenemos aquí a un variopinto grupo, desde H. P. Lovecraft hasta Margaret Thatcher; desde Sherlock Holmes, el genial detective de las historias de Arthur Conan Doyle hasta Tony Stark, el Iron Man de los cómics y películas. Es increíble cómo cada una de estas notables personalidades brilla con luz propia, ya sea en un texto de pocas líneas, como en uno que pasa las veinte. El lector ha de conectar con cada uno de estos personajes, porque muchos de ellos, sino todos, ya conforman el imaginario del receptor que degusta la obra. La reconstrucción del sujeto ficcional es inminente. Hay un reconocimiento inmediato de los personajes históricos o ficcionales, a continuación los receptores los reconstruyen: en primera instancia, como desea el autor, después lo hacen a su modo, y llegan al fin del texto con delectación. El goce no termina ahí, algunos cuentos pueden ser continuados en las mentes lectoras. Me sorprende de modo grato la salida de este cuaderno que rebosa de ideas, me fascina mucho el aspecto lúdico del presente libro, la forma en que el autor juega con la historiografía, trata a los protagonistas, modifica según sus apetencias las vivencias y aventuras de cada uno de estos seres, humanos y fabulosos, y crea mundos alternos. Es una de las claves de la buena ficción: componer universos sólidos y disfrutables para todo aquel que desee sumergirse en el ingenio y creatividad del escritor. Bioficciones es, en mi opinión, uno de los libros de cuentos más importantes de los últimos años, no solo de las corrientes imaginativas, sino en general. Estoy convencido de que hoy este autor es uno de los más representativos e interesantes de la literatura fantástica en Perú.

—Carlos Enrique Saldivar

*El presente texto fue leído en la 21° Feria Internacional del Libro (Lima), el 31 de julio de 2016, con motivo de la presentación del volumen «Bioficciones», de Benjamín Román Abram.

viernes, 8 de septiembre de 2017

El planeta olvidado I. La liberación


Autor: Carlos Echevarría
Género: Ciencia ficción
Edición en papel
País: Perú
Año: 2016
Páginas: 241
ISBN: 978-612-47058-3-0
Precio S/ 30
Lugares de venta: Próximamente
Edición en digital
Plataforma: Amazon
Precio: US$ 2.99
Comprar: Próximamente
Cronología de la historia
El planeta olvidado es una saga de ciencia ficción que estará conformada por cuatro libros, una precuela y otras historias complementarias. Hasta el momento se han publicado La galaxia escarlata, El planeta olvidado I. La liberación y El planeta olvidado II. La resistencia.

La historia de la saga gira en torno a la incorporación de la Tierra a una alianza planetaria en el 2010, para lo cual se seleccionan a doce humanos, quienes serán los representantes del planeta. La Tierra se verá involucrada en una guerra en la que se enfrentan dicha alianza planetaria contra el imperio de un poderoso extraterrestre.

I. La liberación

En pleno siglo XXI, la Tierra vive ajena de lo que sucede en el universo; sin embargo, una federación de planetas decide que es el momento de informarle a nuestro planeta lo que ocurre a su alrededor e incorporarla a esta organización espacial. Para esto, se seleccionará a doce humanos, quienes serán los representantes de la Tierra. Ellos son de diferentes edades, razas, países y creencias; vivirán en una Base construida en medio del Océano Pacífico y serán entrenados en lucha, piloteo de naves y manejo de armas para participar en una guerra que enfrenta a la Federación contra el Imperio Toriano.

Conforme avanza la historia, los seleccionados viajarán a través del universo, conocerán seres extraños y lejanos planetas, lucharán en varias batallas y tendrán que guiar al mundo, ya que, desde su incorporación a la Federación, comenzará una nueva época para nuestra civilización.

Versión digital

La versión digital estárá disponible en todas las plataformas de Amazon a un precio de US$ 2,99: amazon.com, amazon.esAmazon.mx.

martes, 29 de agosto de 2017

Tenebra o la reunión “familiar” del horror (Por Gonzalo Del Rosario)


Presentada en la última FIL esta muestra de cuentos peruanos de terror, Tenebra (Torre de papel, 2017) confirma cuán ligados a lo fantástico seguimos varios narradores de esta generación cuya obra no busca asemejarse al preciosismo mainstream que pretenden y ostentan ciertos referentes ya aburguesados, sino que más bien, preferimos el gore, la serie B, el humor negrazo, el satanismo, la pornografía y/o el incesto para abordar y generar un poco de miedo (pálida), así sea solo en forma de angustia o asco.

Por eso es interesante la selección de Carlos Saldívar. Principalmente porque ha reunido, o así parece, a una gran parte de escritores nacidos entre los setentas y ochentas (y noventas) que desde sus exilios han ido desarrollando el tema fantástico, el terror o la ciencia ficción y que, gracias a este libro, sino se manyaban antes, al menos ya sabrán de sus (miserables) existencias.

Si levantamos la crítica por el efecto de miedo que me causara alguno de los cuentos, “Reencuentro” de Julio Cevasco no solo me generó asco natural por la idea del coito incestuoso milf (complejo de Edipo a forro), sino que por momentos proyectaba la aparición a mis espaldas de una entidad demoniaca debido a ciertos párrafos que se leían como invocaciones... No estoy jodiendo, ni cagando releo esta mierda.

Luego, debido a mi actual investigación sobre el doppelgänger en la narrativa fantástica peruana contemporánea hay otros tres cuentos que me interesaron sobremanera, además de su propuesta que aplaudo por lo bizarra: “Ojo por ojo” de Jeremy Torres-Montero, “Oxiuros” de Jorge Casilla y “Disección” de Yelinna Pulliti. En el primero, una mujer que es golpeada y ultrajada salvajemente y a diario por el borracho de su marido, cuando este se ha largado, desnuda frente al espejo y contando sus moretones se le aparece un demonio quien, tras tirársela, la incita a vengarse del cobarde... Pura reivindicación. En el segundo, volvemos al tema edipiano, pero en otra variante, esta vez un tipo es diagnosticado con un parásito en sus intestinos, lo macabro es que se encariña tanto con este que lo alimenta como a un hijo, le habla, lo mima y llegado el momento lo alumbra, asumiendo la forma de su creador. ¡Pálida! En el tercero, un tipo que odia que lo toquen está condenado en el infierno a ver cómo unos médicos sádicos diseccionan su cadáver y juegan con sus órganos. Para los amantes del gore. En estos se manifiesta el doble mediante tres vías: reflejo especular, parásitos y post mortem o cuando el alma ve sus restos.

Hablando de parásitos, bacterias, virus o insectos, además de “Oxiuros”, tanto mi relato “Pánico por Chiclayo” como “Bichos” de Glauconar Yue abordan este tipo alimañas que conviven o infectan a los humanos. En el caso de “Bichos”, está narrada como novela policial, en el mío elegí una especie de crónica roja; por ello es interesante también la variedad en los estilos narrativos que presenta este volumen.

En ese sentido, el relato más extravagante, bizarro, alucinógeno, pero en especial kitch, pulp, serie B, plus proyectada maldita en ácidos sobre la huaca, debe ser “El circo de los horrores” de Carlos Trujillo Ángeles: uno no sabe si reírse o mandar a la mierda todo el libro. Con Nosferatu como manhost de este circo infernal (e ideal) y payasos demoníacos que bailaban Harlem Shake, zombis acróbatas o contorsionistas poseídos (WTF!) cual antesala para el número final donde Freddy Krueger acuchilla, Jason descuartiza, Chuky apuñala, Hannibal Lecter traga, Darth Vader mutila y Sweeney Todd degolla a su animoso público (WTF2) previo a la inserción del narrador, quien enfundándose la máscara del Guasón acribilló a los desesperados asistentes con su AK-47 (WTF3), este relato es preciso para leer en alta.

Otra narración interesante es “La criatura de los humedales” de Liliana Flores Vega, en especial porque me recordó a aquellas películas de domingo por la noche en Global, donde el terror y el erotismo eran lo mismo. Así también el humor: una pareja amante de los ovnis y el chamanismo sale en su auto por la Panamericana norte y tras haber tirado en cada pueblo, esperan el arribo de un pata acampando en los humedales para volver a tirar bajo la luna nueva. Cuando llega su amigo se van a un bungalow y en la noche sigue la revolcada. Como ella piensa que son espiados por su amigo, le ofrecen un espectáculo digno, sin saber que en realidad era una… ¡criatura de los humedales! Bien mañosona, eso sí, porque dejó su lechada verde-amarillenta en la ventana.

Considero que esta debe ser la razón de peso para que Saldívar haya abierto la muestra con este cuento: coito heterosexual y abiertamente homosexual o bisexual (grupal, trío, poliamoroso y libre de prejuicios) más descripción de felación y poses, además de parafilias como exhibicionismo y voyerismo, son la base de esta historia. Más allá del elemento lovecraftiano en la aparición del monstruo y el uso de amuletos y salmodias para combatirlo, resalta su erotismo.

Este horror erótico, presente también en “Reencuentro”, “Ojo por ojo” y en el monólogo esquizofrénico y sadomaso de “Te espero” de Tadeo Palacios, ostenta un antecedente reciente en el segundo número de la revista Nictofilia (Cthulhu, 2017), cuya editora Marcia Morales Montesinos también forma parte de Tenebra con “La chica de la encrucijada”, brevísima ficción de una página que retoma el mito de la dama de blanco de las carreteras y lo asocia a nuestra vergonzosa realidad: la alta cantidad de violaciones y feminicidios impunes en Perú, cuyo taxista que no se detuvo a ayudar a la joven pelirroja puede simbolizar la cotidianeidad e indolencia con la que a diario se abordan estos temas. Similar nivel de denuncia aparece en “El nacimiento de la maldad” de Sarko Medina, en el cual un perro se transforma en monstruo para vengarse de los humanos por el maltrato sufrido a lo largo de su existencia.

Por otro lado, así como en “Reencuentro”, la familia es el eje del par de cuentos con mayores dosis de suspenso y angustia: “Amor filial” de Jim Rodríguez, donde un insistente niño descuartiza noche a noche a diversas víctimas para reconstruir el cuerpo de su madre (absolutely gore); y el drama de “Solo quiero un pedazo de carne” de Lenin Solano, en el cual un hombre mantiene a su esposa-zombie amarrada a la cama (¿alguien dijo horror erótico?) hasta que se libera e intenta comerse a su hija. Desoladora inmersión en el apocalipsis zombie, uno de mis temas favoritos.

En la misma sintonía solo que con tintes psicopatológicos, “La bruja de Benfirld” de Edison Mucha Soto narra las desventuras de un cura demente acusado de comerse a los niños de su pueblo. El tipo está encerrado en un manicomio y no para de repetir el nombre de la bruja a quien acusa de aquellos crímenes. No podían faltar los motivos de la brujería y la locura que redondean la muestra.

Para cerrar con un ensangrentado broche de oro penetrando tu piel, toca referirme a dos autores peruanos que van para íconos de nuestra narrativa de horror actual: Carlos Carillo, aka El viceministro sádico, aka El pitufo sodomita, aka ¡qué tal conchasumadre! Maldito autor del legendario, vetado e inhallable, Para tenerlos bajo llave (1995); y Carlos Saldívar, infatigable e inefable promotor de lo fantástico, el terror y la ciencia ficción en el Perú, y quien probablemente sea el único escritor peruano en haber sido publicado de manera constante en cuanta antología, revista o fanzine aparezca sobre el tema, aquí, allá y en el más allá.

En “La de la idiota sonrisa” de Carlos Carillo reaparece el motivo de la familia en la persona de una madre temerosa de la perdición de su hija debido a sus andanzas con una chica albina de “sonrisa maliciosa”. Lo alucinógeno empieza cuando la señora encuentra en el cuarto de la adolescente las estatuillas que adoraban en los rituales paganos realizados por ambas universitarias, y cuyas sesiones le serán reveladas a la madre mediante sus pesadillas frente a la televisión, antes de constatar que todas estas posiblemente fueron realidad.

Asimismo, la propuesta de “Simbología aberrante” de Carlos Saldívar muestra a un detective obsesionado con un oscuro horóscopo aparecido en un fanzine, el cual revela cómo sus seguidores, signo tras signo, han cometido al pie de la letra cada asesinato predicho allí. El final cómo no podría ser de otra forma, también incluye a la familia. Sin embargo, me quedo con una frase de este cuento que podría resumir la idea en conjunto de Tenebra, y no por nada fue escrita por su mismo editor: “¿Cuántas publicaciones que debieran ser prohibidas circulan en este corrupto país?” (pág. 146).

Aunque sea muy estimulante leer una obra tildada de prohibida, pese al exceso de gore y horror erótico dudo que este sea el caso de Tenebra, libro que se suma a las necesarias compilaciones peruanas sobre terror aparecidas en el último decenio, pero cuya particularidad reside en ser la demostración palpable de que lo fantástico sigue cosechando fieles cultores en las generaciones más próximas, sean de Lima y sobre todo de provincias, de quienes se esperan obras cada vez más aberrantes para beneplácito de aquellos que disfrutamos leyendo este tipo de atrocidades.

   

sábado, 12 de agosto de 2017

Sobre el miedo y ejes temáticos en Tenebra (Por Helen Garnica Brocos)


"Con Ares, perforador de escudos, engendró Citerea a los terribles Fobos y Deimos, que agitan las apretadas líneas de combate de hombres en la guerra que hiela de pavor con la ayuda de Ares destructor de ciudades" reza la Teogonía y presenta a dos figuras capitales para la posteridad: el imponente Fobos que doblega a los seres más fieros y recios, y Deimos, cuya presencia se traduce en pánico para los hombres. Fobos inspira la huída, Deimos congela a sus víctimas, Fobos rememora el temblor de los cuerpos y el batir de la tierra, Deimos se instala en el alma de los hombres y da cuenta de sus viejos temores. Las dos divinidades actúan en simultáneo y la presencia de una convoca la aparición de la otra; la dinámica de Fobos- Deimos se podría equiparar a la conjugación entre el terror y el horror: no se puede desligar ambos conceptos porque se implican; los guerreros, por ejemplo, sienten la presencia amenazante de la muerte y la materialización de la ferocidad de la guerra, afloran temores de índole psicológica y los de proximidad física, en tanto que se hallan en el campo de batalla.  Podríamos decir, entonces, como evidencia de la ligazón que los une: ambos seres son capaces de producir miedo.
Precisamente, Lovecraft incidía en “el miedo como la emoción más antigua y más intensa de la humanidad” (1965: 7), dado que esta emoción no solo garantizaba la supervivencia de nuestros ancestros sino, sobre todo, la interpretación de su espacio circundante y cómo responder a los problemas que campeaban su existencia: los primitivos inventaban dioses para conjurar la presencia de seres que habitaban en la oscuridad. Nosotros, en cambio, parodiamos, exponemos o advertimos sobre los peligros inminentes que siguen acechando la humanidad.
Por eso, en Tenebra, asistimos a un concierto de voces que, desde ángulos diversos, dan cuenta de la realidad a través de la creación de monstruos, el retorno de las brujas, la presencia de lo innominado y la alusión a nuestros principales problemas: desde la contaminación ambiental hasta la violencia generalizada contra las mujeres. Hemos decidido, por cuestiones de tiempo y espacio, establecer tres grandes ejes temáticos a rededores de los cuales se organizan los textos que componen esta muestra: los de visión clásica, la herencia de Lovecraft y los ubicados en la contemporaneidad.

1)            La visión clásica: la figura monstruosa

El monstruo es una figura constante a lo largo de la historia y está presente no solo para dar cuenta de la humanidad del hombre sino, más bien, para revelar las fallas de una sociedad que se presume ordenada. Por ejemplo, en el siglo XVII, el Barroco español se caracteriza por la presencia masiva de seres que no encarnaban los ideales de belleza adecuados, es más, muchos de estos no parecían propiamente humanos. A estos seres se les denominará monstruos o prodigios de la naturaleza- curiosamente el monstruo no se asociaba a una visión horrible sino, más bien, a un exceso de la misma naturaleza- y numerosos tratadistas intentarán proveer una explicación científica (ley de causa y consecuencia) o una cultural (creencias de la época).  Elena del Río indica:

"Lo monstruoso es, por definición, lo no natural, lo que está fuera de la taxonomía y es ajeno a cualquier orden. Pero, según se demostrará, su presencia en el siglo XVII no sólo [sic] es amenazante, sino que está deliberadamente sancionada porque existe la necesidad de mantenerla así, ya que la atracción por lo excéntrico y por lo deforme es una vía de escape tanto para evitar la realidad, como para nombrarla" (2003, p. 16).

Respecto a cómo dar cuenta de lo monstruoso se dan dos procedimientos: eludir y aludir. Lo primero constituye la reacción más común porque no se muestra ni describe al ser de manera directa, más bien uno se ampara en emociones como miedo o terror para negar esa otra presencia que perturba. Lo segundo involucra el intelecto porque el sujeto busca referir el prodigio y, por ser un ente que escapa a los límites de lo racional, es que se alude a este, pero el propio acto de referir implica hacer visible la imposibilidad de narrar directamente la existencia del prodigio. Estos dos procedimientos, en cierta forma, modulan el devenir de lo monstruoso a través de la historia: el eludir impera durante la Edad Media y la alusión en la Modernidad, dado que- en el último caso- se intenta describir, inclusive pormenorizadamente, aquella presencia otra.
Rivilla Bonet y Pueyo indica que la analogía es la figura que opera en la elusión, dado que se observa el fenómeno desde varios ángulos y no como un todo homogéneo y compacto: el ser humano se ve imposibilitado de explicar o referir el prodigio y recurre al abordaje desde diversos flancos. Se describe, entonces, a través de fragmentos y restos. Asimismo, la alusión opera por proximidad, en la medida que la reconstrucción del monstruo se realiza a partir de la analogía y se usan, de manera constante, dos figuras fundamentales: la metáfora porque se pone en relación dos o más elementos para dar cuenta de un solo objeto, o la sinécdoque, la cual consta de aprehender por fragmentos que, al unirse, permiten una comprensión cabal de aquello que el hombre observa. Aunque no es un ejemplo propio del Medioevo, sería pertinente usar una descripción del monstruo que describe el escritor norteamericano Lovecraft:

“-Pero, ¿qué cosa Luke?- cortó una mujer
- ¡No lo sé! Algo horrible, seguro. Salta, como si fuese demasiado grande para andar normalmente, diríase que es una montaña de gelatina. Pero apresuraos, Dios mío, antes de que sea demasiado tarde. Ya ha matado a mi perro (…) Ha roto los vidrios, Dios mío, Dios mío…Esta mano, este brazo enorme, esta cabeza…” (1972, p. 460).

La cita anterior describe la aprehensión de lo monstruoso: la equiparación con algo enorme (montaña de gelatina) y la consecuente división de la corporeidad del ser (brazo, mano, cabeza). Si bien es cierto que la presencia del monstruo es negativa en el horizonte moderno, esto no siempre fue así, pues el prodigio se caracterizaba por ser un objeto con funciones abiertas. Precisamente, el reconocimiento del carácter anormal provocaba, en el siglo XVII, que se convirtiese en un signo, cuyo significado se debía desentrañar. Después de la constatación del signo se le asignaba el estatuto de prodigio: podía desencadenar un castigo o era un ente milagroso. Inclusive, se estableció una categorización:

"San Isidoro estableció una diferencia entre ostento, monstruo y portento: el primero indica algo futuro, debe ser atribuido a Dios, y se manifiesta por señales en el cielo tales como truenos en un día soleado. ‘Portento’ es el parto de distinta especie a la de la madre, y ‘portentosos’ son los que participan de la especie de la madre, aunque tengan partes de otra especie" (Del Río, 2003, p. 22)

A diferencia del ostento y el portento, el monstruo evade la norma, no puede categorizarse como bueno o plenamente malo; tampoco como una presencia que remite a la madre o difiere de esta totalmente. El monstruo es capaz de enlazar las dos categorías anteriores, pues es semejante al humano, pero no encarna una visión a futuro ni es un castigo divino: las discusiones, más bien, se concentran en si es poseedor de un alma o no, si es un ser humano y debe ser tratado como tal, si puede realizar sus acciones como cualquiera y entablar relaciones con sus semejantes o debe permanecer encerrado y conminado a no salir hacia el espacio público. Este ser, la gran parte de veces, genera desazón entre los sujetos porque se comporta como un hombre y se diferencia de este desde su nacimiento. Por ejemplo, los hermafroditas pueden desarrollarse como cualquier humano y se reconoce la existencia de su alma, pero, al alcanzar un grado de edad donde puedan entablar relaciones amorosas con una persona, se les restringe la interacción social. Se les ve, por eso, a veces, como signo de desgracia y desventura, dado que – al no determinar en qué medida es mujer u hombre- les está vedada la concepción.
Los monstruos, a decir del tratadista Niremberg, no surgen por una concepción anómala porque sus características no dependen del progenitor, es más, un cuerpo deforme o extraño no comprende, necesariamente, un alma pecaminosa. Cabe destacar que es necesario diferenciar el cuerpo del alma para poder establecer una diferenciación más certera entre hombres de cuerpo monstruoso o prodigios que habitan la tierra desde hace mucho tiempo. En el caso del primero, el cuerpo monstruoso, aunque Niremberg condena ese tipo de contacto, es ocasionado por el enlace antinatural entre un ser humano y un animal; en el segundo, los prodigios comprenden los cinocéfalos, las nereidas y los faunos, en otros términos, los monstruos provienen de encuentros sexuales bestiales o representan la fauna maravillosa propio de la Edad Media.
La persecución del control para explicar el origen del monstruo produce explicaciones diversas: desde las que relacionan la concepción con un día aciago o donde las estrellas estén dispuestas de una forma inusual, hasta los que infieren que fue la dieta de la madre.
Un monstruo puede surgir, entonces, en la Edad Media, por razones con impulso científico (verbigracia, la incipiente lectura de los astros) o sucesos irracionales (apetitos no saciados). La emergencia de lo monstruoso se da por el grado de imaginación de la gestante, quien influencia en la corporeidad del feto al realizar acciones no reguladas por el control humano y social.
Michel Foucault, en su clasificación sobre el monstruo presente en Los anormales, repara en una presencia bestial, desde la Edad Media: la síntesis entre el hombre y el animal, lo cual produce una serie de paradojas en el aparato jurídico. Por ejemplo, era imposible saber si se debía otorgar la absolución a los hombres- lobo porque no se conocía, con plena certeza, el límite entre el alma humana y lo demoníaco. Esta imposibilidad de fijar límites definidos revela al monstruo como el lado que evidencia la falla de la ley: esta no es verdadera ni natural sino una construcción humana, por ende, la ley es falible y no proviene de la voluntad divina:

"Desde la Edad Media hasta el siglo XVIII (…) es, esencialmente, la mezcla. La mezcla de dos reinos, reino animal y reino humano: el hombre con cabeza de buey, el hombre con patas de pájaro- monstruos-. Es la mixtura de dos especies, la mezcla de dos especies" (2000, p.68)

El monstruo, a partir de lo dicho por el filósofo francés, es siempre la mescolanza entre dos elementos: dos animales, dos sexos diferentes, la bestia y el hombre, la vida y la muerte, y las formas. La indeterminación de poder clasificarlo es lo que genera desasosiego entre los hombres; por ejemplo, los fetos que nacen y solo viven minutos constituyen monstruos porque es el estado liminal, el no hallarse entre lo plenamente vivo y lo plenamente muerto lo que impele al ser humano a cuestionarse sobre su identidad.
 Además, el monstruo es una anormalidad o excrecencia que oculta al hombre: las bestias están condenadas por su condición física y, así, desde el Medioevo hasta bien entrado el siglo XIX, el hombre tratará de sistematizar aquel resto que excede la ley, ello se dará a través del manicomio, el cual será el espacio- a modo de caja de Pandora- donde ingrese todo lo que no puede ser ordenado en la dinámica social: no solo los seres anómalos sino, también, aquellos que desordenan como los orates, los homosexuales y, claro está, los de una opción política diferente a la hegemónica.
Esta digresión obedece a que, en nuestros relatos, no solo los que hemos considerado como de visión clásica, las figuras monstruosas, los presos en el manicomio y los cuerpos que oscilan entre lo anómalo y lo conocido, son constantes.
Narraciones como “La criatura de los humedales”, “La bruja de Benfirld”, “Te espero” y “Reencuentro” nos remiten a la presencia de un ser monstruoso que no se puede clasificar plenamente como anómalo o conocido. En realidad, esta duda proviene del Medioevo: nos podríamos preguntar, para el cuento de Liliana Flores, en qué medida la criatura monstruosa que acecha y presencia los furores del amor de dos jóvenes ha dejado de ser humana, ¿acaso basta con la alusión parcial de sus corporeidad? En la historia de la bruja también asistimos al mismo procedimiento: se alude al prodigio, se le describe por sus constantes idas y venidas entre el reino de los animales y el de los mortales, pero esto cuestiona el propio estatuto del narrador: es inocente o cómplice del ser demoníaco. En “Te espero” y “Reencuentro” podemos encontrar la inversión del amor: los dos seres no son horribles físicamente sino que, más bien, se les puede considerar plenamente un prodigio o un monstruo: la belleza excesiva es, también, perturbadora porque ha dejado de ser humana y apela a apetitos que no son solamente de índole carnal. Así, el hombre deviene en un paria, en alguien que debe recluirse en el manicomio o establecer pactos demoníacos para acceder a la figura femenina, cuyo amor no es de tranquilidad sino de tormento. En estas historias hay ecos de “Clarimonda” de Gautier y  “La otra misa” de Margaret Irwin, pues uno de los grandes misterios era el de la sexualidad femenina: la mujer representaba lo más alto y lo más bajo.
En “Amor filial” nos volvemos a preguntar en qué medida los actos atroces, el infligir padecimiento al otro y usarlos como mero repositorio de necesidades es justificable a nombre del amor entre una madre y un hijo. Nos cuestionaremos sobre si el ser que se crea posee un alma, es capaz de devolver el calor del hogar o, más bien, es una bestia que encarna las debilidades de su creador.

2)            La raigambre lovecraftiana

Es tarea inútil pretender explicar quién es Howard Phillips Lovecraft entre un grupo de conocedores, por lo que solo apuntaré a destacar algunos aspectos presentes en los cuentos de Tenebra. Recordemos que Lovecraft fue un gran lector y bebió de un arsenal de textos considerados desfasados en su época. Allí encontramos la alusión, los detalles e intentos de aprehender aquella cosa innominada que observa al hombre y se halla presente desde tiempos inmemoriales. También, nos percatamos de la inutilidad y fugacidad de las creaciones humanas: la formación académica, las armas de los hombres, la plegaria a Dios y la más terca racionalidad son totalmente resquebrajados al conocer la potencia de los dioses que habitan más allá de los eones o que se encuentran acechando su nueva génesis en la profundidad de los mares. Así, pues, con Lovecraft aprendimos que la modernidad no es solo más que un intento vacuo de alcanzar la inmortalidad en un universo donde no valemos más qué hormigas. El hombre no es el centro del mundo y, mucho menos, lo más valioso que se haya gestado: descubrimos nuestra humanidad en su lado más limitado. ¿Qué puede el ser humano antes entidades preternaturales que han habitado más allá de lo inimaginable?
Por ello, en “La criatura de los humedales” se ha prevaricado la imagen del monstruo: la cosa o exceso está desde tiempos preternaturales, pero ya no produce el pavor cósmico ni es indicio de locura entre los mortales. Más bien, las criaturas que campeaban las historias de Lovecraft ahora son seres arrojados al mundo de lo anodino y lo banal: el mortal quiere enfrentarse ante una cosa que se busca y ya no es aquello que inspiraba el escape inmediato.  “La de la idiota sonrisa”, en sus propios términos, convoca un culto pagano que permanece a través de los eones: con esta narración podemos dar paso a nuestro tercer apartado, pues se construye como un engranaje. En esta historia son inútiles los intentos de racionalizar el carácter bestial, pues las mujeres se desbordan y destruyen lo más amado, los padres se acurrucan de miedo y constatan que la escuela y las fuerzas policiales no pueden, ni siquiera tienen la más leve oportunidad, de luchar contra aquello que los excede.

3) Los problemas de la contemporaneidad

En realidad, a diferencia del Medioevo y el discurso progresista de la Modernidad, con el paso del tiempo, la bestia dejará de ser extraña y se devela que el verdadero monstruo es el hombre. Si David Roas había establecido lo fantástico como la pérdida de límites definidos y la puesta en cuestión de la realidad, nosotros incidiremos en la cultura del horror desde una perspectiva sociológica, en tanto que consideramos a la gran mayoría de cuentos de Tenebra dentro de este rótulo.
Eduardo Bericat, en un artículo sobre el periodismo de este siglo, refiera la siguiente y extensa cita:

"El horror constituye una emoción compleja compuesta por la síntesis de tres emociones muy intensas, a saber, el terror, el asco y la conmoción. El terror forma parte de la familia emocional del miedo, el asco forma parte de la familia emocional de la vergüenza; y la conmoción forma parte de la familia emocional de la sorpresa. El sentimiento de horror comporta siempre un intenso miedo o terror, pues revela la presencia de una fuerza muy poderosa capaz de causar en el sujeto un inmenso mal. Al mismo tiempo, el acontecimiento horroroso nos provoca una profunda repugnancia o asco, una potente revulsión de las vísceras con la que el cuerpo expresa la voluntad de rechazar absolutamente algo moralmente detestable e intolerable que ha penetrado en su interior. Por último, el acontecimiento horroroso nunca llega como un suceso normal o cotidiano, sino como ruptura radical de la normalidad, como una sorpresa tan completa e inimaginable que nos deja absolutamente perplejos en un estado de fuerte shock" (1997, pp. 62- 63)

La sociedad, a partir de la Segunda Guerra Mundial y la exposición de los hechos cruentos de la guerra, descubrió que el mundo ordenado donde el hombre buscaba el bien y la justicia eran ilusiones de una época pasada. Para Bericat, el hombre se desterritorializa porque detecta que la sociedad no marcha hacia el bien común y, más bien, es la búsqueda de poder lo que modula cada interacción con el medio. Asistimos a una época donde lo más humano que encontramos es el horror: el terror da cuenta de la supervivencia del sujeto y es un mecanismo para resistir el embate instrumentalista y mercantil de la sociedad, el asco y la vergüenza nos recuerdan que somos humanos y prefiguran la moralidad (la repulsión, por ejemplo, al exponer las violaciones de los curas pedófilos), y el horror emerge cuando se descubre que ya la responsabilidad no es del monstruo ni de aquello que se mantiene al margen. Contrariamente, nosotros somos la cara más descarnada del horror: la responsabilidad de la fragilidad social es por mano humana, pues nos horrorizamos ante la conciencia de que la destrucción habita dentro de nosotros.  
En “Oxiuros”, por ejemplo, uno de los relatos que más me gustó, se invierte la idea de maternidad y los parásitos de la infancia se equiparan al hombre que ha renegado de su propia raza: la autosuficiencia para generar vida produce repulsión y reitera, en cierta forma, el egoísmo y autoaislamiento de los sujetos. En “El nacimiento de la maldad” se trae a colación, precisamente, la lógica instrumental que nos constituye: el hombre como ser que se sabe superior a los animales y que debe dominar la naturaleza, así nos preguntaremos si la rabia y el odio son justificados hacia una figura que deja de ser “lo mejor de la creación”. En “Disección” descubrimos los horrores de las morgues: la falta de respeto hacia los cuerpos de los hombres, el goce perverso de la fragilidad y exposición de un cuerpo abierto en canal nos inquieren, aunque en la historia se apela a una entidad no humana como culpable de ello, sobre los avances de la ciencia médica y los procedimientos forenses. En “El circo de los horrores” se apela a un bestiario cinematográfico y personajes conocidos de la literatura de terror; en esta narración, nos tendríamos qué preguntar sobre el rol del espectador/ lector como ser pasivo y la materialización del unheimlich: el circo, espacio cotidiano de alegría fugaz, deviene en lugar de carnicería y muerte.
“Pánico en Chiclayo” se entronca con una problemática actual del imaginario peruano: la contaminación y sus infaustos efectos en un elemento primordial como el agua; nos preguntamos si este mal es producto de seres no humanos o, más bien, se hace hincapié en la responsabilidad de nosotros, con lo que la verdadera amenaza oscila entre seres como los de Lovecraft o los hombres, quienes parecen estar llamados a destruir la tierra o ser testigos de la catástrofe. “La chica de la encrucijada” es un guiño a la historia conocida de las mujeres fantasma que habitan en el camino, pero ya no se trata de la leyenda oral, sino más bien de nuestro propio egoísmo y falta de empatía: la indiferencia de socorrer a quien lo más necesita produce la locura y la permanencia del fantasma. En “Solo quiero un pedazo de carne” nos encontramos con un elemento predilecto actualmente: el zombie, lugar común de diferentes películas y libros. El zombie es la metáfora material del hambre insaciable y el futuro catastrófico de la humanidad: comerse al hombre es, simbólicamente, la gran batalla de nuestro contexto. El zombie es la criatura que podemos ver en nosotros, quienes también somos capaces de traicionar lo que más amamos y emprender luchas encarnizadas por el anhelo de poder.
En “Bichos” nos topamos con un escenario policial y las promesas para vengar a los compañeros caídos en acto de servicio. Este cuento es quizá uno que oscila entre lo monstruoso medieval y lo actual: los hombres vuelven a ser títeres y no los verdaderos responsables de la corrupción y la muerte, pero- además- maquinan la manera de infligir sufrimiento en el otro.
“Ojo por ojo” es una pastilla de tranquilidad ante los eventos de constante maltrato contra la mujer: el goce de desmembrar aquello que nos daña retorna a través del pedido de una entidad que oscila entre lo demoníaco y lo angélico. Nos preguntamos quién es la verdadera bestia, si el borracho que golpea y viola o la entidad que ordena las maneras más selectas y deliciosas de tortura.
“Simbología aberrante”, relato final de Tenebra, comprende una relectura violenta del horóscopo y la indagación policial como un proceso ya dado. La mente humana vuelve a ser puesta en cuestión, pues descubrimos que nuestros actos, por más que pretendan alcanzar la justicia y sancionar la violencia, nos conducen a un camino de perversidad y maldad ya trazado.

Es quizá, por eso, Tenebra una muestra valiosa porque, posibilita el tránsito de una visión clásica del par terror/ horror hacia una más actual: el monstruo ya no está al margen, ya no se halla recluido solo en el hospital ni en las afueras de la ciudad sino, más bien, que habita dentro de nosotros y nos circunda. Cada acto, por más mínimo que sea, nos convierte en una potencial bestia y somos, así, conscientes de que la destrucción de otros seres, la malignidad de la naturaleza y el regodeo en el acto de desmembrar son emociones más cercanas de lo que imaginamos. 

Bibliografía

Bericat, E. (1997). “La cultura del horror en las sociedades avanzadas: de la sociedad centrípeta a la sociedad centrífuga”. (Tomado de: file:///C:/Users/user/Downloads/DialnetLaCulturaDelHorrorEnLasSociedadesAvanzadas-1302355%20(1).pdf)
Del Río, E. (2003). Una era de monstruos. Representaciones de lo deforme en el Siglo de Oro español. Madrid: Iberoamericana.
Foucault, M. (2007). Los anormales. México: FCE.
Lovecraft, H. (1965). El horror en la literatura. Madrid: Alianza Editorial.
Roas, D. (2001). La amenaza de lo fantástico. En Roas. D. (Comp.) Teorías de lo fantástico. Madrid: Arco /Libros, S.L; pp.7-44.

jueves, 3 de agosto de 2017

La galaxia escarlata, de Carlos Echevarría (Por Carlos Enrique Saldivar)


Echevarría, Carlos. La galaxia escarlata. Lima: Editorial Torre de Papel, 2015. 146 pp.

Carlos Echevarría se hizo presente en la literatura peruana en 2012 con una buenísima novela que se adscribía a la space opera: El planeta olvidado 1: la liberación. Ya el título anticipaba una saga de varias novelas, de las cuales esta era la primera. Es muy común que en la ciencia ficción se escriban series: Darkover, de Marion Zimmer Bradley, una de mis sagas preferidas, tiene varias novelas; esta disposición a extender universos viene de hace mucho tiempo, sucede que es una fórmula de éxito, los antecedentes se pueden rastrear en los seriales de los años treinta y en los cuentos de grandes maestros, como Isaac Asimov, con los relatos cortos y novelas de la saga «Fundación», o en los excelentes textos de Zenna Henderson, enmarcados dentro de su serie de «El Pueblo». Como puede verse, se coge una idea base, que ha de ser sólida, una ambientación, uno o más personajes, una situación y se trabaja en un radio de acción que sirve para cuentos cortos o cuentos largos, novelas cortas o novelas largas, cada una de estas historias continúa de otra, hay secuelas, precuelas, textos que se mueven en el mismo universo (spin-off); pero volvamos a esa predisposición de muchos autores de ciencia ficción para trabajar series narrativas: muchos de estos textos tienen un héroe que se ve enfrascado en diversas aventuras, el paradigma ha de ser John Carter, personaje creado por Edgar Rice Burroughs; hoy en día hay excelentes sagas con un personaje central que lleva la batuta de modo acertado: las novelas de Richard Morgan, iniciadas con «Carbono alterado», y el detective del futuro Takeshi Kovacs –véase cómo muchas veces la ciencia ficción y el relato policial van ligados–, o trilogías amplísimas, con un tema novedoso: las monumentales «Eon», «Eternidad» y «Legado», de Greg Bear, serían un buen ejemplo, aquí tenemos una extraordinaria novela, su secuela y una especie de precuela, en este caso el primer y el segundo libro se deben leer como uno solo, porque en la primera obra quedan algunos cabos sueltos que se cierran en el volumen que le sigue.
Siempre me ha interesado saber por qué los creadores literarios escriben varias novelas en el mismo universo, lo he ido descubriendo a modo personal trabajando mi propia serie de relatos y me parece que los motivos se relacionan con una gran convicción de que hay mundos que deben alargarse, de verdadero amor por personajes, contextos, argumentos; hay un carácter comercial también, claro, pero esa tendencia es aplicable a otros mercados: los extranjeros, donde se mueve mucho dinero y hay facilidad para publicar y distribuir las novelas; no es nuestro caso, nos hallamos en el Perú, y en este país la razón por la cual dilucido hay una incursión en estos terrenos es por el asombroso diseño que tienen algunas obras, se crea un radio de acción, como dije, es más sencillo y certero trabajar dentro de éste una y otra vez, el detalle es que las historias tengan calidad y que el lector las disfrute.
En el caso nacional, hay novelas de ciencia ficción que poseen una construcción política, social, económica excelente; ya hemos oído sobre El ojo de Orión, de Adriana Alarco de Zadra, interesante novela corta de aventuras espaciales, también tenemos conocimiento de un texto muy difundido y leído: Los viejos salvajes, de Carlos De La Torre Paredes, el cual también se inserta dentro la space opera; y ahora tenemos La galaxia escarlata, de Carlos Echevarría, interesante epopeya con un mundo (en el sentido de concepción espacial) perfectamente diseñado, equilibrado y bastante verosímil. Me agrada mucho y me sorprende cómo cada pieza de este Imperio creado está bien colocada, a fin de configurar un entramado interesante y dinámico. El argumento se ubica en el 1940. Existen las civilizaciones extraterrestres sin que los seres humanos las conozcan, algunas de estas sociedades planetarias forman una alianza llamada Federación Organizada del Universo Descubierto (FOUD). Y, como en muchos grandes gobiernos de la historia terrícola (¿quién dijo que la ciencia ficción es evasión? La CF bebe de la realidad, de los conflictos políticos, sociales, religiosos, grupales, individuales, mercantiles; el autor del libro es economista, quizá por ello su capacidad de organización y ordenamiento es lograda) hay líos. Sucede que el Imperio Toriano (que no pertenece a la FOUD y está liderado por un poderoso guerrero: Osturus Cruldestor) se extiende, es una monarquía y posee sus condiciones, las cuales chocan con la FOUD —una federación con presidente: Hyracs Jorleff (también un guerrero excepcional— y contra pequeñas federaciones. El orden está a punto de alterarse y la guerra es inminente, pues ese es el plan secreto de Cruldestor. Desde luego, la Federación lo sabe y está preparada. Algo muy interesante de esta novela es que, a pesar de sus mecanismos, muy semejantes a la ópera espacial, se acerca más a la ciencia ficción, aunque toma mucho de ambas corrientes. En la space opera se tratan historias en torno a aventuras, a veces contadas de forma romántica y a menudo se desarrollan en el espacio, digamos que se relaciona más con los relatos de aventuras, y los escenarios propios de la ciencia ficción son nada más un decorado para que los hechos ocurran. En la space opera solemos ver a un héroe y a un villano enfrentados, y la historia suele contener elementos reconocibles, como batallas o guerras, tecnología, viajes interestelares, imperios galácticos, incluso combates cuerpo a cuerpo muy bien descritos, con artefactos de todo tipo o a puño limpio, usando poderes sobrehumanos. En el caso de este libro, hay elementos científicos muy certeros, que trascienden la mera aventura y no hay propiamente héroes o villanos, sino ideologías, poderes, fuerzas, hay dos bandos en pugna. El lector ha de analizar cada propuesta y decidir con quién simpatiza, a fin de de formar parte de la acción y saber si saldrá o no vencedor.
Tal es la dimensión de este universo creado por Carlos Echevarría, que el libro incluye un anexo de varias páginas, al final, que posee diversos conceptos que pertenecen al mundo epistémico del autor. El volumen pueden leerse con gran facilidad, y, el final queda abierto, la continuación puede apreciarse en El planeta olvidado 1: la liberación. La galaxia escarlata es su precuela, el origen de una odisea, que espero se extienda con suma eficacia.


*El presente texto fue leído en la 36° Feria Ricardo Palma (Lima), el 29 de noviembre de 2015, con motivo de la presentación de la novela La galaxia escarlata, de Carlos Echevarría.

martes, 1 de agosto de 2017

Horrores peruanos. A propósito de Tenebra, muestra de cuentos peruanos de terror (Por Fernando Honorio Hernández UNFV-PUCP)


Había roto uno de los más grandes tabúes y no sintió culpabilidad, ni ansiedad, ni miedo, pero sí libertad.
Darío Argento. Tenebrae (1982)

Estas son las primeras palabras con la que se inicia Tenebrae, película de Darío Argento allá por 1982. Al parecer, Carlos Enrique Saldívar obedeció esta premisa y, despojado de toda atadura moral o políticamente correcta, en pos de la libertad máxima al momento de la escritura; seleccionó a dieciséis escritores tan insanos y retorcidos como él. El resultado de este cónclave oscuro es Tenebra. Muestra de cuentos peruanos de terror (2017), editado por Torre de Papel.
¿Literatura de terror en el Perú? Sí, existe y tiene larga data, pero muchas de las veces se le niega ya sea por ignorancia o por mezquindades dentro de la academia y de la sociedad. Si bien en estos últimos años es innegable la notoriedad e importancia de la literatura de corte fantástico, ciencia ficción y de terror, gracias al reciente interés de la crítica literaria; no siempre gozó de ese reconocimiento y se le etiquetó como literatura de segunda clase o escapista, como aquel relato que se agota en el mero entretenimiento irreflexivo o como textos que fomentan antivalores. Pero nada más alejado de la verdad. La literatura de terror también aborda, pero desde registros no miméticos, aquello que denominamos realidad.
¿Desde cuándo el terror es marginal? El crítico literario Elton Honores señala que la literatura peruana (y por extensión, la latinoamericana) fue encasillada en el Realismo. Teniendo en cuenta los complejos procesos socio-históricos de nuestro país se requería de una literatura de denuncia, política, que diera cuenta del contexto peruano y sus contradicciones. De este modo se instauró un centro y toda literatura ‘‘útil’’ debería apuntar al registro mimético verosímil para ser aceptada y registrada dentro del quehacer literario. El terror fue invisibilizado cual fantasma en un caserón:

Las narrativas de lo imposible serán siempre emergentes y a la vez invasora del campo cultural oficial caracterizado más por el autoritarismo y actitud monologante que convierte el realismo social en la única posibilidad estética con acción crítica hacia éste y otros mundos. En este modelo, la literatura seguirá siendo considerada como mero instrumento para validar los deseos (el deber ser de la literatura peruana), el qué escribir y el cómo. (Honores 2012: 10)[1]

Las producciones de terror estaban ahí, olvidadas en anaqueles y bibliotecas, cubiertas por el polvo del tiempo y la desidia académica por mucho tiempo. Afortunadamente, los críticos vieron que percibir a la literatura peruana como eminentemente realista traería graves consecuencias en su interpretación. Investigadores, críticos y teóricos como Harry Belevan, Susana Reisz, Elton Honores, Gonzalo Portals, Moisés Sánchez Franco, José Güich, José Donayre y Marcel Velásquez, solo por nombrar a algunos, junto a jóvenes críticos, están rescatando y revalorando la ficción fantástica y de terror peruanas.
La tradición del relato de terror en el Perú está en proceso. Pero podemos remontarnos a los relatos orales, donde los aparecidos, los espíritus de la naturaleza y entidades sobrenaturales recorren la palabra hablada de los mayores en las comunidades. Éstos sobrevivieron o se modificaron de acuerdo al nuevo contexto que supuso la ocupación hispánica en el territorio americano. Figuras relacionadas al mal como Satanás y sus demonios serán las imágenes que representen el mal y el pecado dentro de la ideología religiosa impuesta del cristianismo. Estas iconografías serán reproducidas en el imaginario peruano hasta la llegada del siglo XIX donde comienza a escribirse relatos bajo la influencia de Poe o de la ghost story. Escritores como Juana Manuela Gorriti y Ricardo Palma se inscriben dentro de esta primera etapa.
No será hasta el Modernismo donde el relato de terror adquirirá su forma clásica: el decadentismo, lo macabro, los tabúes sociales, los personajes atormentados, el espacio gótico, el erotismo marcado por la muerte, la femme fatale, entre otros. La influencia de Poe, Hoffmann y Maupassant será relevante en autores peruanos como José Antonio Román, Luis Enrique Moreno Thellesen y, por supuesto, Clemente Palma, quien marcará un hito en el cuento peruano con libros como Cuentos malévolos (1904) e Historietas malignas (1925), donde el mal es un hecho innegable y, a la vez, una manifestación alternativa de la belleza.
Otro hito de la literatura de terror peruana, ahora en el plano de la novela, es El castillo de los Bankheil de Alejandro de la Jara, publicada en 1944 en un número de la colección Narraciones terroríficas de Editorial Molino (Argentina). Con claros diálogos intertextuales con el Drácula de Bram Stoker, nos presenta la historia de una estirpe familiar maldita enmarcada en escenarios góticos e inquietantes.
Ya para los años 90, la influencia de Stephen King, Lovecraft, así como el cine y el metal estarán en las ficciones de terror de escritores como Lucio Colonna-Pretti con Los grillos (1992) y Carlos Carrillo con Para tenerlos bajo llave (1994). Las transgresiones a lo políticamente correcto son más explícitas y se recurre a temas y registros más impactantes como el gore, el erotismo enfermizo y lo satánico.
Para los años 2000 al presente, se pueden mencionar autores como Pablo Nicoli, Carlos Calderón Fajardo, María Consuelo Villarán, José Güich, Sandro Bossio, Rodolfo Ybarra, Fernando Iwasaki, Yeniva Fernández, Carlos Enrique Saldívar entre otros muy talentosos escritores jóvenes. Este auge del terror es también producto de la publicación de antologías y muestras. Sobresalen Antología del cuento fantástico peruano (1977) de Harry Belevan, Los que moran en las sobras. Asedios al vampiro en la narrativa peruana (2010) de Elton Honores y Gonzalo Portals. De este último autor tenemos En la curva del espasmo. El cuento peruano de dominio siniestro fraguado en el Perú (2009). De Carlos Saldívar anotamos Nido de cuervos: Cuentos peruanos de terror y suspenso (2011) y de José Donayre destacamos los libros Horrendos y Fascinantes. Antología de cuentos peruanos sobre monstruos (2013), Ultraviolentos: Antología del cuento sádico en el Perú (2015) y Trece veces Sarah (2017), conjunto de relatos sobre Sarah Hellen. No podemos dejar de mencionar el trabajo de Editorial Cthulhu de Marcia Morales Montesinos con las antologías Cuentos ocultistas (2016) y Cuentos bizarros. Antología de horror grotesco (2017), donde los antologados peruanos comparten espacio con otros latinoamericanos, evidenciando que el virus del terror está en expansión y se fortifica en nuestro territorio. En esta fiesta macabra del terror está presente  Tenebra. Muestra de cuentos peruanos de terror (2017), la nueva incursión de Carlos Enrique Saldívar.
Tenebra es una caja de Pandora de donde emergen espectros, monstruos más antiguos que el tiempo, seres perversos, dioses infames y lúbricos, esperanzas destrozadas, asesinos seriales entre otros habitantes perversos de invención (o quizá no tan invención) humana.
Dedicado al gótico por excelencia, el maestro Carlos Carlderón Fajardo; Tenebra comienza con una cita del clímax del ‘‘Los ojos de Lina’’ de Clemente Palma, anunciando al lector las atrocidades que tendrá el gusto de leer.  A continuación tenemos un breve prólogo del compilador quien repasa los avatares del relato del terror en el Perú, de este modo ubica al lector en coordenadas espacio-temporales precisas de los diversos momentos y autores del género. Continúa, ahora sí, los dieciséis relatos seleccionados. Paso a comentarlos brevemente. No se preocupen, no habrá spoilers.
Inicia la muestra Liliana Flores Vega, narradora y poeta reconocida en diversas antologías virtuales de terror y ciencia ficción. En su relato ‘‘La criatura de los humedales’’ se nos presenta el mundo antiguo de seres lovecraftianos ligado a saberes populares. La combinación horror/erotismo tiene un breve aire a las ficciones de Graham Masterton.
 ‘‘Amor filial’’, de Jim Rodríguez, recurre a uno de los símbolos malignos por antonomasia tanto de la literatura como del cine: el niño. Rodríguez juega, de forma siniestra, con los presupuestos de la niñez y los distorsiona. El resultado, un relato impactante y muy gráfico.
Carlos Carrillo nos trae su relato ‘‘La de la sonrisa idiota’’. Aquí nos introduce al mundo de las sectas prohibidas. Una madre que quiere controlar a su hija pero en el camino, entre el sueño y la vigilia, una deidad abominable hará su presencia. Carillo nos confirma, una vez más, que su pluma le fue dada por el mismo demonio.
‘‘Oxiuros’’ de Jorge Casilla Lozano nos sumerge en un amor insano, inverosímil y autodestructivo. Belleza y muerte se conjugan, al igual que en los cuentos de Palma. Aquí nos ponemos a pensar sobre el sentido de la maternidad.
El escritor arequipeño Sarko Medina nos presenta ‘‘El nacimiento de la maldad’’. Aquí el rencor, el odio y la venganza no son incontenibles ni para la muerte. El desquite será inevitable y de quien menos te lo esperar.
En ‘‘Disección’’ de Yelinna Pulliti Carrasco se toca el tema del desdoblamiento entre el cuerpo y el alma. Como el título sugiere, el cuerpo desmembrado será el eje del horror. El final hace recordar la crueldad y desesperanza de los cuentos de Villiers.
‘‘La bruja de Benfirld’’, del escritor y editor Edinson Mucha Soto, es el relato de una mente transtornada, ya sea por sus propios demonios o por algún ser abominable: la bruja. El autor actualiza la figura terrible del folclor popular para hablarnos sobre lo que está más allá de nuestra propia razón y nuestra terrible realidad.
‘‘Te espero’’ de Tadeo Palacios Valverde es una retorcida historia de amor escrita con un lirismo macabro salpicado de mucha sangre. El relato, en primera persona, muestra los presupuestos morales y las pasiones hiperbólicas y muy particulares del protagonista.
En el mes julio, no podía faltar un relato que tenga como escenario el circo. Carlos Trujillo muestra en ‘‘El circo de los horrores’’ cómo ese espacio, destinado al entretenimiento familiar e ‘‘inocente’’, se vuelve un lugar de pesadilla. Los aspectos más sórdidos del ser humano salen mientras se tiene una sinfonía sangrienta de fondo. Nuestro narrador no dudará en ser parte del espectáculo.
En ‘‘Pánico en Chiclayo’’ de Gonzalo del Rosario, el terror se presentará en forma colectiva. Algo está matando a la población, algo que se supone es vida, ahora es sinónimo de muerte. Un relato inquietante y no muy lejos de la realidad, quizá.
Marcia Morales Montesinos recurre a los relatos de aparecidos en las carreteras en su cuento ‘‘La chica de la encrucijada’’. Sin embargo, hay un cambio en la diégesis tradicional de ese tipo de relatos populares haciendo que el horror vaya desde lo fáctico a lo sobrenatural.
‘‘Reencuentro’’, de Julio Cevasco, es un relato de terror gótico. Dentro de una atmósfera tétrica, enmarcada por una noche tormentosa, se nos presenta a Lord Vásher, un aristócrata que enfrenta un amor que transgrede lo socialmente aceptable. El incesto y el pacto con el diablo están presentes en una nueva forma de trinidad abyecta.
Siguiendo con las rupturas de lo políticamente aceptable, ‘‘Solo quiero un pedazo de carne’’ de Lenin Solano Ambía, es un relato sobre zombis: un padre y su hija luchan por sobrevivir a un mundo plagado por estos seres antropófagos e inmundos. Todo cambia cuando uno de ellos llega a infectarse.
‘‘Bichos’’, de Glauconar Yue, mezcla elementos del relato policial con lo fantástico: un agente que persigue a un narcotraficante, será testigo, en carne propia, que las apariencias engañan, que a veces no somos más que un mero cascarón. El relato se puede leer como una metáfora sobre el poder y la identidad, sobre la deshumanización y la corrupción.
En ‘‘Ojo por ojo’’, de Jeremy Torres, se toca el tema actual de la violencia familiar. Ayudada por un ser infernal, Susana, la protagonista, tendrá la oportunidad de hacerle a su esposo lo mismo (o peor) que él hacía con ella. Uno de los relatos más crudos.
Cierra la muestra un relato del mismo compilador. ‘‘Simbología aberrante’’ de Carlos Enrique Saldívar, en un relato policial donde el protagonista, un detective, se enfrenta un caso que poco a poco ve apartándose toda lógica. La clave es un horóscopo que describe asesinatos los mismos que suceden uno a uno, al pie de la letra. Todos se han cumplido. Falta el último: piscis. Un relato que nos introduce a psicologías en estados extremos y a situaciones muy violentas.
Como vemos, Tenebra: Muestra de cuentos peruanos de terror nos muestra las diversas caras del horror y terror en una sociedad como la muestra. El registro fantástico sirve para explorar desde otra óptica aquello que es tangible tanto en nuestras casas como en las calles: la violencia per se, la maldad del hombre y sus creaciones, de su pretensioso deseo de dominarlo todo, de nuestros deseos más allá de la norma, de su cosificación y bestialización, en fin, de nuestra hipocresía como ser social. Grandes relatos que merecen ser leídos, disfrutados pero también reflexionados. Esperamos que Carlos Enrique Saldívar continúe deleitándonos con estas muestras que nos recuerdan que nuestra literatura es más que unos cuantos autores y de fórmulas escriturales repetitivas. A los autores: sigan enriqueciendo esta literatura nuestra por medio de estos bocadillos insanos pero deliciosos. Finalmente al público: Tenebra es un libro que los estremecerá y sorprenderá. Vengan a disfrutar de este exquisito horror, la mesa está servida.


[1] Honores, Elton. Narrativas del caos. Lima: Cuerpo de la metáfora, 2012.

miércoles, 26 de julio de 2017

Presentación de Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror


Este sábado 29 de julio se presentó Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror en la Feria Internacional del Libro de Lima 2017. El auditorio estuvo lleno y los asistentes tuvieron la oportunidad de conocer a los autores y saber un poco más de cada uno de los cuentos, así como la relevancia de esta obra en la literatura peruana de terror.



El libro fue presentado por Carlos Enrique Saldivar, quien realizó el prólogo y la selección de textos, y Fernando Honorio y Helen Garnica, especialistas de la literatura de terror en el Perú, quienes tuvieron muy buenas palabras y elogiaron la obra.



Carlos Enrique Saldivar ha realizado el prólogo y la selección de los 16 relatos que componen esta obra, cuyos autores son reconocidos por dominar la literatura de terror: Liliana Flores Vega, Jim Rodríguez, Carlos Carrillo, Jorge Casilla Lozano, Sarko Medina Hinojosa, Yelinna Pulliti Carrasco, Edinson Mucha Soto, Tadeo Palacios Valverde, Carlos Trujillo Angeles, Gonzalo Del Rosario, Marcia Morales Montesinos, Julio Cevasco, Lenin Solano Ambía, Glauconar Yue, Jeremy Torres-Montero, Carlos Enrique Saldivar. Varios de ellos se quedaron a firmar libros en el stand de la Distribuidora Inca después de la presentación.


domingo, 9 de julio de 2017

Un cuento mensual: El zoológico ya debe estar cerrado (Rodolfo De La Riva Cachay)


se acercó desde la página remota
y me dijo en secreto:
«aún estoy herido de muerte».

Eduardo Chirinos 

No muy lejos de malecón de San Miguel, mi hermano todavía tiene un departamento vacío. Hace algunos años vivió allí junto a su novia, una joven bonaerense de nombre Matilde Rojas. Hasta el día de hoy, no le he conocido una pareja tan infame como Matilde.
Una vez me invitó a cenar al departamento. Moría porque congeniara con ella, pero a mí me costaba mucho mirarla a los ojos. Era desequilibrada y también exótica. Alta, con muslos redondos y un cuello flaco, senos no muy grandes, pero en punta, que le daban cierto caché, cierta elegancia atractiva de artista de cine europeo. Aquella vez comí rápido y en silencio. Me abrumaba que mi hermano no parase de hablar sobre cómo se conocieron. Un concierto de bossa nova o algún asunto por el estilo. De pronto ella dejó caer al piso un par de platos con verduras y, dándole un sutil manotazo a la mesa, sentenció que la comida había terminado.
Mi hermano y yo nos mantuvimos quietos, como descifrando qué debíamos hacer en aquel momento, hasta que pasaron unos segundos y Matilde sugirió destapar un par de botellas de vino. La situación mejoró, eventualmente, porque el alcohol le golpeó primero a ella. Su ánimo había cambiado; incluso empezó a contar algunas anécdotas y chistes, cuando soltó algo que me dejó atontado. Mencionó que podía hablar con cualquier animal si tocaba su frente con el dorso de la mano. Mi hermano parecía distraído y no hizo ningún gesto en especial. Puede ser que ya se lo había escuchado antes, no sé; pero yo me esforcé mucho para no burlarme. En este tipo de situaciones el alcohol suele engañar las percepciones de lo que uno realmente está haciendo. Lo sé porque de todos modos Matilde me miró muy enfadada, como si quisiera volverme una cucaracha. Entonces me retó a que la acompañara al zoológico a la mañana siguiente para que comprobara sus poderes con un mono o un cocodrilo.
Hoy por hoy, aún no sé si hablaba en serio. Para mí Matilde solo era la novia de mi hermano y eso bastaba para evitar cualquier tipo de trato. En el fondo, me caía muy mal, pésimo, y no quería rechazar la posibilidad de demostrarle que era una mujer detestable; sin embargo, al final, decidí mantenerme al margen. Tal vez, si a la mañana siguiente hubiésemos ido al zoológico, la historia ahora sería distinta.

En aquella época mi hermano estaba enamoradísimo.
Su nombre es Mauricio y es ciego desde los dieciséis. Como a todos los ciegos, no le gusta que lo traten distinto o que le hablen sobre su discapacidad. Me resultaba paradójico que se haya enamorado de alguien tan llamativa como Matilde. Ella era calculadora y fría y hermosa. Mauricio, en cambio, es de esos tipos distraídos que escucha música recostado en su cama o en el sofá y que después de un rato le aborda un vértigo tremendo por salir. Él tiene su rollo personal. Casi no anda con amigos y a veces reflexionaba sobre ocurrencias del tipo: ¿estarán aún las calles dónde las dejé? ¿habrá la posibilidad de que vuelva a ver los colores? Nunca supe muy bien qué le pasa por la cabeza cuando esta así de nostálgico. Pero siempre ha sido un tipo correcto, como para ponerlo en un pedestal. Yo aún le digo en broma que es el último romántico que queda en Lima, a lo que él se sonroja, pero ni siquiera lo puede notar.
A la hora del sunset, Mauricio solía convencerme para que lo llevara en el Dodge a pasear por el malecón de San Miguel. Allí nos deteníamos para prender unos cigarros y al rato me preguntaba de qué color estaba el cielo. Incluso podía preguntármelo entre quince a veinte veces seguidas. Sé que no lo hacía para molestarme; sin embargo un día me cansé de repente. Se me ocurrió contarle que dentro de las tonalidades del color naranja que existían, había un color nuevo que se llamaba «ocaso». Y desde entonces solo atiné a responderle que el cielo estaba de color «ocaso». 
Frente al malecón pensé más de una vez que Mauricio no merecía tener a Matilde como novia. Ella era, tal vez, la mujer más atractiva que había estado con él, pero aun así no valía la pena tenerla de pareja.
Por decir un ejemplo, la misma noche que rechacé acompañarla al zoológico me preguntó discretamente:
—¿De qué signo sos?
Leo.                                                                                                  
Mira vos, ahora tiene sentido —tomó una pausa para mirar a mi hermano como si él tuviera la culpa de no habérselo mencionado antes; pero Mauricio, evidentemente, no atendió a la mueca que le hacían—. Cuando mañana vaya al zoológico, voy a hablar de vos con el león. Se llama Illapa. Él va a saber qué hacer con vos.
Tuve algo de miedo por un momento. Sentí, de alguna forma, que esa mujer me acababa de lanzar un embrujo. Solo atiné a sonreírle y a soltar la primera excusa que se me ocurrió para irme. Me despedí de Mauricio con un beso en la frente. Al recoger mi saco había visto la hora en mi muñeca. Era más tarde de lo que hubiese querido. Volví a despedirme y salí apresurado.
Apenas cerré la puerta, volví a oír el sonido de un plato romperse.

Me enteré después, por alguna de esas llamadas largas que me hacía un tío cercano, que desde la escenita de la invitación a cenar, Matilde exigió que Mauricio la acompañara al zoológico. La rutina exigía que mi hermano la acompañara en su trajín al menos tres veces por semana, siempre en la mañana. A mí me pareció justo ya que yo, casi siempre, lo llevaba al malecón, siempre por las tardes. Así era mucho mejor. La separación de horarios evitaba que me cruzara con la novia loca de mi hermano y por lo tanto evitaba que podamos discutir.
Estaba claro que esa mujer tenía metido en la cabeza que podía hablar con los animales y nada ni nadie habrían podido cambiarle de parecer. Es verdad que me dio un poco de curiosidad por el león. Alguna vez me enseñaron en clases de antropología que Illapa era el dios del clima en la mitología Inca y que, cada cierto tiempo, desde la Vía Láctea, Illapa lanzaba rayos y lluvia y truenos que guardaba en una jarra de adobe. Me parecía rarísimo que alguien en el zoológico nombrara así a un animal. De todos modos, la curiosidad se fue a los días y todo volvió a su lugar.

Tuvo que pasar un otoño y medio invierno para volver a cruzarme con Matilde.
Ella caminaba por el malecón de San Miguel fumando un cigarro. Yo estaba recostado sobre el Dodge junto a Mauricio, repitiéndole que el cielo era de un naranja «ocaso»; aunque la verdad es que el atardecer en invierno es un tono de naranja mucho más gris que en verano. No sé el nombre técnico del color. Al vernos se detuvo y se quedó mirándome, como si estuviera descifrando un jeroglífico. Quise saludarla y decirle con un gesto que, si quería, le pasara la voz a Mauricio; pero ella colocó rápidamente el dedo índice sobre sus labios y me llamó con la mano. Me separé de Mauricio con sigilo y caminé hacia ella con la excusa de que me pareció reconocer a un viejo amigo a lo lejos. Al saludarla, Matilde me presionó suavemente del brazo y susurró: «por favor acompañame al zoológico ahora». No recuerdo exactamente qué le respondí, solo sé que me tomó desprevenido. Traté de manejar la situación y volver al coche educadamente, aunque en el fondo, quizás sentía miedo. Le expliqué que, a esa hora, el zoológico debía de estar cerrado. Luego regresé con Mauricio. Ella se marchó en sentido contrario, pero antes de darnos la espalda, me miró como si estuviera encogiéndome con la mirada. No le hice caso. Intenté actuar como si nada me hubiera pasado y seguí mencionándole colores al azar a Mauricio. Le conté que el pasto del malecón era de color espárrago y que el océano de color zafiro y que las nubes, a esa hora de la tarde, se estaban oscureciendo, gris y marrón, como el abdomen de una cucaracha.
Tal vez me sentía del tamaño de una cucaracha.

Convencí a Mauricio para ir por unas cervezas después. Tomamos un six pack de Pilsen sentados en el Dodge, solo escuchando una emisora que ponía rock en inglés muy pasado de moda. Había anochecido tan rápido que sentí un vértigo en el estómago. Apenas eran las 6:30 y el frío ya se colaba en la cabina del auto. Después de las botellas Mauricio se sintió un poco mareado y me pidió por favor que lo llevara de vuelta al departamento, que tenía algo de sueño y que quería estar a solas con su mujer (así lo dijo, «su mujer»). Nos quedamos en silencio todo el camino de regreso.
Al llegar, confirmé que Matilde no estaba y se lo dije a Mauricio con un tono de excusa, algo patético, que no ameritaba. Él se disgustó un poco, pero luego dejó que lo guiara hasta su cama. Encendí la tele en el canal de noticias para que se distrajera un poco. Ya puedes irte, me dijo, mientras le cubría los pies con una manta. Deja la puerta abierta, por favor, quiero oír a mi mujer cuando llegue.
Salí del cuarto un poco mareado, me había venido un frío terrible, cuando encontré esta nota pegada con cinta a la puerta:

Entendé que Illapa está herido de muerte y quiere hablar con vos. Por favor. No aguanta una noche más. Vení conmigo al zoológico. Es urgente que me acompañes.
Matilde

Vi a mi hermano hundirse lento sobre el colchón con la mirada clavada en el techo. Nada en sus gestos me hacía creer que sospechaba que sabía de la nota de Matilde. Salí asustado. Debo de haberme quedado varios minutos sentado en la escalera interna del edificio. La imaginé encapuchada, esperándome en la puerta del zoológico. Pensé en ir, pero ya eran muy tarde y no había forma de entrar. Lo único que sabía era que necesitaba otro trago, así que me fui a un bar de la Marina donde iba cada vez que quería olvidarme de alguna angustia. Aún era muy temprano como para que hubiera alguien. Solo atendía un mesero viejo que me conocía de vista y que me ofreció un cigarro. No tuve ganas de fumar en ese momento y le dije que prefería secarme una cerveza viendo la  tele. Me ubicó en un lugar a la esquina dejando el control remoto sobre la mesa. Yo estaba en realidad nervioso, así que me embriagué muy fácil. Rápido y en silencio. Andaba viendo el noticiero con algo de desconcierto.
 Al rato pasó. Una horda de reporteros aglutinándose frente a las rejas del zoológico para cubrir una nota en vivo. Alguien acababa de morir allí, pensé. No quise ver más y apagué la tele antes de que algún reportero dijera algo importante. En ese momento solo deseé que Mauricio estuviera durmiendo.

***
Rodolfo De La Riva Cachay (Lima, 1991) Estudió para ser abogado. Desde hace un tiempo que trabaja en un banco. Mientras tanto sigue escribiendo narrativa y poesía, incluso concursa de vez en cuando en algún lado, aunque no tiene mucha suerte. Digamos que espera su momento.