domingo, 9 de julio de 2017

Un cuento mensual: El zoológico ya debe estar cerrado (Rodolfo De La Riva Cachay)


se acercó desde la página remota
y me dijo en secreto:
«aún estoy herido de muerte».

Eduardo Chirinos 

No muy lejos de malecón de San Miguel, mi hermano todavía tiene un departamento vacío. Hace algunos años vivió allí junto a su novia, una joven bonaerense de nombre Matilde Rojas. Hasta el día de hoy, no le he conocido una pareja tan infame como Matilde.
Una vez me invitó a cenar al departamento. Moría porque congeniara con ella, pero a mí me costaba mucho mirarla a los ojos. Era desequilibrada y también exótica. Alta, con muslos redondos y un cuello flaco, senos no muy grandes, pero en punta, que le daban cierto caché, cierta elegancia atractiva de artista de cine europeo. Aquella vez comí rápido y en silencio. Me abrumaba que mi hermano no parase de hablar sobre cómo se conocieron. Un concierto de bossa nova o algún asunto por el estilo. De pronto ella dejó caer al piso un par de platos con verduras y, dándole un sutil manotazo a la mesa, sentenció que la comida había terminado.
Mi hermano y yo nos mantuvimos quietos, como descifrando qué debíamos hacer en aquel momento, hasta que pasaron unos segundos y Matilde sugirió destapar un par de botellas de vino. La situación mejoró, eventualmente, porque el alcohol le golpeó primero a ella. Su ánimo había cambiado; incluso empezó a contar algunas anécdotas y chistes, cuando soltó algo que me dejó atontado. Mencionó que podía hablar con cualquier animal si tocaba su frente con el dorso de la mano. Mi hermano parecía distraído y no hizo ningún gesto en especial. Puede ser que ya se lo había escuchado antes, no sé; pero yo me esforcé mucho para no burlarme. En este tipo de situaciones el alcohol suele engañar las percepciones de lo que uno realmente está haciendo. Lo sé porque de todos modos Matilde me miró muy enfadada, como si quisiera volverme una cucaracha. Entonces me retó a que la acompañara al zoológico a la mañana siguiente para que comprobara sus poderes con un mono o un cocodrilo.
Hoy por hoy, aún no sé si hablaba en serio. Para mí Matilde solo era la novia de mi hermano y eso bastaba para evitar cualquier tipo de trato. En el fondo, me caía muy mal, pésimo, y no quería rechazar la posibilidad de demostrarle que era una mujer detestable; sin embargo, al final, decidí mantenerme al margen. Tal vez, si a la mañana siguiente hubiésemos ido al zoológico, la historia ahora sería distinta.

En aquella época mi hermano estaba enamoradísimo.
Su nombre es Mauricio y es ciego desde los dieciséis. Como a todos los ciegos, no le gusta que lo traten distinto o que le hablen sobre su discapacidad. Me resultaba paradójico que se haya enamorado de alguien tan llamativa como Matilde. Ella era calculadora y fría y hermosa. Mauricio, en cambio, es de esos tipos distraídos que escucha música recostado en su cama o en el sofá y que después de un rato le aborda un vértigo tremendo por salir. Él tiene su rollo personal. Casi no anda con amigos y a veces reflexionaba sobre ocurrencias del tipo: ¿estarán aún las calles dónde las dejé? ¿habrá la posibilidad de que vuelva a ver los colores? Nunca supe muy bien qué le pasa por la cabeza cuando esta así de nostálgico. Pero siempre ha sido un tipo correcto, como para ponerlo en un pedestal. Yo aún le digo en broma que es el último romántico que queda en Lima, a lo que él se sonroja, pero ni siquiera lo puede notar.
A la hora del sunset, Mauricio solía convencerme para que lo llevara en el Dodge a pasear por el malecón de San Miguel. Allí nos deteníamos para prender unos cigarros y al rato me preguntaba de qué color estaba el cielo. Incluso podía preguntármelo entre quince a veinte veces seguidas. Sé que no lo hacía para molestarme; sin embargo un día me cansé de repente. Se me ocurrió contarle que dentro de las tonalidades del color naranja que existían, había un color nuevo que se llamaba «ocaso». Y desde entonces solo atiné a responderle que el cielo estaba de color «ocaso». 
Frente al malecón pensé más de una vez que Mauricio no merecía tener a Matilde como novia. Ella era, tal vez, la mujer más atractiva que había estado con él, pero aun así no valía la pena tenerla de pareja.
Por decir un ejemplo, la misma noche que rechacé acompañarla al zoológico me preguntó discretamente:
—¿De qué signo sos?
Leo.                                                                                                  
Mira vos, ahora tiene sentido —tomó una pausa para mirar a mi hermano como si él tuviera la culpa de no habérselo mencionado antes; pero Mauricio, evidentemente, no atendió a la mueca que le hacían—. Cuando mañana vaya al zoológico, voy a hablar de vos con el león. Se llama Illapa. Él va a saber qué hacer con vos.
Tuve algo de miedo por un momento. Sentí, de alguna forma, que esa mujer me acababa de lanzar un embrujo. Solo atiné a sonreírle y a soltar la primera excusa que se me ocurrió para irme. Me despedí de Mauricio con un beso en la frente. Al recoger mi saco había visto la hora en mi muñeca. Era más tarde de lo que hubiese querido. Volví a despedirme y salí apresurado.
Apenas cerré la puerta, volví a oír el sonido de un plato romperse.

Me enteré después, por alguna de esas llamadas largas que me hacía un tío cercano, que desde la escenita de la invitación a cenar, Matilde exigió que Mauricio la acompañara al zoológico. La rutina exigía que mi hermano la acompañara en su trajín al menos tres veces por semana, siempre en la mañana. A mí me pareció justo ya que yo, casi siempre, lo llevaba al malecón, siempre por las tardes. Así era mucho mejor. La separación de horarios evitaba que me cruzara con la novia loca de mi hermano y por lo tanto evitaba que podamos discutir.
Estaba claro que esa mujer tenía metido en la cabeza que podía hablar con los animales y nada ni nadie habrían podido cambiarle de parecer. Es verdad que me dio un poco de curiosidad por el león. Alguna vez me enseñaron en clases de antropología que Illapa era el dios del clima en la mitología Inca y que, cada cierto tiempo, desde la Vía Láctea, Illapa lanzaba rayos y lluvia y truenos que guardaba en una jarra de adobe. Me parecía rarísimo que alguien en el zoológico nombrara así a un animal. De todos modos, la curiosidad se fue a los días y todo volvió a su lugar.

Tuvo que pasar un otoño y medio invierno para volver a cruzarme con Matilde.
Ella caminaba por el malecón de San Miguel fumando un cigarro. Yo estaba recostado sobre el Dodge junto a Mauricio, repitiéndole que el cielo era de un naranja «ocaso»; aunque la verdad es que el atardecer en invierno es un tono de naranja mucho más gris que en verano. No sé el nombre técnico del color. Al vernos se detuvo y se quedó mirándome, como si estuviera descifrando un jeroglífico. Quise saludarla y decirle con un gesto que, si quería, le pasara la voz a Mauricio; pero ella colocó rápidamente el dedo índice sobre sus labios y me llamó con la mano. Me separé de Mauricio con sigilo y caminé hacia ella con la excusa de que me pareció reconocer a un viejo amigo a lo lejos. Al saludarla, Matilde me presionó suavemente del brazo y susurró: «por favor acompañame al zoológico ahora». No recuerdo exactamente qué le respondí, solo sé que me tomó desprevenido. Traté de manejar la situación y volver al coche educadamente, aunque en el fondo, quizás sentía miedo. Le expliqué que, a esa hora, el zoológico debía de estar cerrado. Luego regresé con Mauricio. Ella se marchó en sentido contrario, pero antes de darnos la espalda, me miró como si estuviera encogiéndome con la mirada. No le hice caso. Intenté actuar como si nada me hubiera pasado y seguí mencionándole colores al azar a Mauricio. Le conté que el pasto del malecón era de color espárrago y que el océano de color zafiro y que las nubes, a esa hora de la tarde, se estaban oscureciendo, gris y marrón, como el abdomen de una cucaracha.
Tal vez me sentía del tamaño de una cucaracha.

Convencí a Mauricio para ir por unas cervezas después. Tomamos un six pack de Pilsen sentados en el Dodge, solo escuchando una emisora que ponía rock en inglés muy pasado de moda. Había anochecido tan rápido que sentí un vértigo en el estómago. Apenas eran las 6:30 y el frío ya se colaba en la cabina del auto. Después de las botellas Mauricio se sintió un poco mareado y me pidió por favor que lo llevara de vuelta al departamento, que tenía algo de sueño y que quería estar a solas con su mujer (así lo dijo, «su mujer»). Nos quedamos en silencio todo el camino de regreso.
Al llegar, confirmé que Matilde no estaba y se lo dije a Mauricio con un tono de excusa, algo patético, que no ameritaba. Él se disgustó un poco, pero luego dejó que lo guiara hasta su cama. Encendí la tele en el canal de noticias para que se distrajera un poco. Ya puedes irte, me dijo, mientras le cubría los pies con una manta. Deja la puerta abierta, por favor, quiero oír a mi mujer cuando llegue.
Salí del cuarto un poco mareado, me había venido un frío terrible, cuando encontré esta nota pegada con cinta a la puerta:

Entendé que Illapa está herido de muerte y quiere hablar con vos. Por favor. No aguanta una noche más. Vení conmigo al zoológico. Es urgente que me acompañes.
Matilde

Vi a mi hermano hundirse lento sobre el colchón con la mirada clavada en el techo. Nada en sus gestos me hacía creer que sospechaba que sabía de la nota de Matilde. Salí asustado. Debo de haberme quedado varios minutos sentado en la escalera interna del edificio. La imaginé encapuchada, esperándome en la puerta del zoológico. Pensé en ir, pero ya eran muy tarde y no había forma de entrar. Lo único que sabía era que necesitaba otro trago, así que me fui a un bar de la Marina donde iba cada vez que quería olvidarme de alguna angustia. Aún era muy temprano como para que hubiera alguien. Solo atendía un mesero viejo que me conocía de vista y que me ofreció un cigarro. No tuve ganas de fumar en ese momento y le dije que prefería secarme una cerveza viendo la  tele. Me ubicó en un lugar a la esquina dejando el control remoto sobre la mesa. Yo estaba en realidad nervioso, así que me embriagué muy fácil. Rápido y en silencio. Andaba viendo el noticiero con algo de desconcierto.
 Al rato pasó. Una horda de reporteros aglutinándose frente a las rejas del zoológico para cubrir una nota en vivo. Alguien acababa de morir allí, pensé. No quise ver más y apagué la tele antes de que algún reportero dijera algo importante. En ese momento solo deseé que Mauricio estuviera durmiendo.

***
Rodolfo De La Riva Cachay (Lima, 1991) Estudió para ser abogado. Desde hace un tiempo que trabaja en un banco. Mientras tanto sigue escribiendo narrativa y poesía, incluso concursa de vez en cuando en algún lado, aunque no tiene mucha suerte. Digamos que espera su momento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario