sábado, 27 de mayo de 2017

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En Torre de Papel procuramos que las caratulas de nuestras publicaciones impresas tengan imágenes extensas que recorran las solapas, la contratapa y la tapa del libro, de esta forma buscamos explotar el concepto de cada título y que quede en el imaginario de nuestros lectores. 

Hemos utilizado el arte de cada título para crear wallpapers que podrán ser descargados gratis en resoluciones 1600x900 px, 1366x768 px., 1280x720 px y 1024x576 px.

Tenebra: muestra de cuentos peruanos de Terror

Compilación de lo mejor de la literatura peruana contemporánea de terror, prólogado y seleccionado por Carlos Enrique Saldivar. Muy pronto estará disponible en la Feria Internacional del Libro de Lima 2017.


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Hechos desconocidos de Jim Rodríguez

Ocho cuentos de terror sobre entidades que conviven en esta realidad y atormentan a aquellos que tienen la desdicha de cruzarse en su camino.


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El planeta ovidado II. La resistencia de Carlos Echevarría


Segunda novela de la saga literaria El planeta olvidado. La Federación ha perdido la batalla en Sigmator y las naves que sobrevivieron regresan a sus planetas. Ahora deberán resistir el ataque de sus enemigos. Mientras tanto, los seleccionados terrícolas tendrán que enfrentar nuevos problemas políticos en la Tierra, ya que los jefes de estado quieren sacarlos de sus cargos.



La galaxia escarlata de Carlos Echevarría


Es el año 1940 en la Tierra y los humanos desconocen la existencia de civilizaciones extraterrestres; sin embargo, existe una alianza de planetas conocida como la Federación Organizada del Universo Descubierto (FOUD) que se enfrenta al Imperio Toriano en una guerra que se extiende en toda la galaxia Molinillo Austral.


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martes, 2 de mayo de 2017

Un cuento mensual: Zambo (Mario Bravo Larrea)



Escucho el rumor hace casi tres días, aún no se escucha ruido en la porqueriza donde comparte espacio con animales de carga y el caballo del amo. Sus piernas tienen marcas de azote y sus manos las señas de un esclavo traído de las minas de Potosí. Le llaman zambo, pero su nombre ningún blanco lo pronunciaría para evitar la vergüenza de saberlo. Tiene una cadena atada al pie izquierdo y sus ojos permanecen atentos a cualquier súbita intromisión de su poca privacidad a esta hora de la madrugada. En su mano izquierda tiene lo que parece un cubierto de mesa anormalmente afilado. Lleva casi tres horas limando su cadena, sabe que al despertar su amo revisará, como todas las mañanas, la perfecta forma de su atadura de metal. El sonido que hace al frotar ambos metales es agudo y bien hace al detenerse cada ciertos segundos para verificar que el mundo a su alrededor sigue ajeno. Zambo nació con otro nombre, alguna vez su madre le amamantó pronunciado aquel que casi hoy no recuerda. Tres días atrás, mientras ayudaba a su amo a subir a su caballo utilizando su espalda como silla, escuchó el rumor de que al amanecer del día de hoy llegarían los rebeldes.
Algo de esa palabra le gusta, recuerda aquellos azotes en la mina donde le gritaban «zambo rebelde», al tiempo que le abrían en las espaldas surcos de sangre que hoy han dejado cicatrices. Hace tres días que piensa en esos insurrectos, los idealiza y en su visión son negros como él y tienen la fuerza de mil caballos. En tanto, sigue buscando romper sus cadenas o al menos hacerles el suficiente daño para permitirle zafar aquel pie izquierdo mugre y lleno de callosidades. Jamás ha usado zapatos, la planta de sus pies ha formado una dura capa de piel, tiene por vestido unos harapos que no lo cubren bien. De entre los esclavos, Zambo es el más rebelde, es fuerte y los años como cargador en la mina le dejaron la fuerza de tres hombres. En la ciudad donde se localiza la porqueriza que da refugio esta noche a Zambo, hay cientos como él. Sin embargo, él es único. A él lo aíslan del resto porque temen pueda contagiar su rebeldía a los demás.
En medio de los sonidos agudos, Zambo se detiene al presentir que algo ha cambiado allá fuera. De afuera entra el sonido de una carreta que pasa a toda velocidad. Zambo parece sentir como la sangre se le enfría por el terror que siente de imaginar ser descubierto intentado una vez más escapar. Ya siete veces que ha intentado romper sus cadenas, y en todas las veces los finales siempre fueron dolorosos. Pero sabe bien que no habrá solo un castigo esta vez, sabe bien que le quitarán lo más preciado: su propia vida. Ha visto irse al otro mundo a hermanos suyos por menos razón que intentar escapar. Y, sin embargo, él aún sigue con vida. Los amos, en toda la repulsión que les causa, le daban el uso más duro en la hacienda: el de esclavo del abuelo-amo. El esclavo detesta al abuelo, y lo hace muy dentro de su ser porque se sabía que el anciano era una persona abusiva y sin alma. El senil caballero es noble y tiene derechos absolutos sobre la vida y la muerte de sus inferiores. Cada día al servicio del anciano era una sucesión de golpes y patadas malintencionadas. El venenoso anciano gozaba del dolor ajeno, en su bestial razonamiento Zambo era su inferior. Por esta razón Zambo le odia tanto.
Mientras la carreta se pierde en la distancia y su sonido se disipa, Zambo sigue forjando su puerta a la libertad. Los metales chocan y aunque su fuerza parece reducir, sigue impetuoso imaginando las posibilidades. De pronto, el caballo del amo relincha fuerte. El pánico le invade nuevamente, podría alguien haberlo escuchado. Aquella bestia parecía estar avisando que Zambo escapaba. Sus labios hacían un sonido ininteligible buscando calmar al animal privilegiado. Incluso la comida que le dan a Zambo lo diferencia del equino. Zambo recibe de la cocina de la servidumbre una vez al día las piezas menores que ningún amo osaría probar por miedo a ser mal visto.
No le gusta la idea de ser descubierto una vez más, pero piensa que si sucede de esa manera, esta vez no sobrevivirá. En parte siente una pisca de alegría porque el dolor del abuso se terminaría así, sin embargo, también siente dolor. Dolor de dejar atrás tantos anhelos incumplidos. Zambo tiene sueños, alguna vez escuchó que lejos de esta ciudad de amos, un país nuevo había surgido en el sur. Sabía que ahí no había nobles y que todos eran tratados como iguales. Escuchó de aquel país llamado Argentina y pensaba que quizás podría escapar allá. No tenía ni idea de cómo llegar, la visión misma era la de un paraíso terrenal. Se ha propuesto, de ser necesario, robar el caballo del amo, aunque sabe que eso es peor que solo escapar. Aquel caballo que parece su enemigo haciendo ruidos con su relincho, tan solo es un potro joven de no más cuatro años. Su melena es negra y sus patas son anchas como todo caballo andaluz heredero de la sangre salvaje de las cruzadas. El caballo tiene un nombre, el anciano le llama Chelo.
En la porqueriza, además, hay dos cerdos y jaulas vacías donde antes había gallinas. Hacia un tiempo que estas fueron, una por una, a la mesa del amo. Zambo vio esos huesos ser devorados por los grandes cerdos. Zambo agarró cierto aprecio por esas gallinas, le agradaba acariciarlas cuando podía. El esclavo sueña con su libertad en esta vida o en la otra. No entiende como pueden ser tan crueles y abusivos, no comprende como los amos pueden llegar a lastimar tanto a sus hermanos y hermanas. Ser esclavo es ser parte de una nación olvidada, una nación perdida como esa que escapó de Egipto hacia tanto tiempo. Sabe un poco de eso, porque escucha atento los domingos el sermón de la iglesia donde se congregan los amos. Escucha domingo a domingo las mentiras que dicen en voz alta desde aquel lugar donde se reúnen los seres más abusivos que habitan esta ciudad. Alguna vez escuchó que Lima era la ciudad de los reyes, pero jamás ha visto uno. Sabe que hay un rey, y ha escuchado que es un hombre gordo y que devora el oro y toda riqueza de la gente, sin importar que sean negros, blancos o mestizos. Alguna vez vio de lejos al real oidor, un hombre que juzgaba y condenaba. Tanto miedo le provocan los nobles que alguna vez prefirió tirarse a un río antes que cruzarse con uno por el camino. Pronto un ave parece asentarse en el techo de paja, siente sus pasos y eso le avisa de que la madrugada esta pronta a llegar. Aquellas criaturas solo salen de sus nidos cuando clarea la mañana. La porqueriza es un lugar muy oscuro, el suelo esta mugre y Zambo siempre procuró permanecer seco en las noches durmiendo sobre la paja que alimenta al caballo. Poco a poco, en el transcurrir de esta noche, su grillete parece haberse separado lo suficiente para permitirle intentar soñar con su libertad. Pasan los minutos y la cadena se separa más poco a poco. Ya tan solo le falta un poco más.
«Chelo, ¡despierta, caballo valiente, qué ya vienen los rebeldes!» Zambo reconoce esa gruesa voz. Es el amo.
La cadena notoriamente resquebrajada, el esclavo aterrorizado siente que ha fracasado, se agazapa en la esquina y cubre su pierna izquierda con paja buscando confundir al amo.
La puerta se abre y la luz de afuera entra con el frío que arranca la paja de su pie.
«¡Chelo, querido! Vamos a pasear». El hombre que entra está cubierto, en lo que parece a ojos de Zambo, de placas de metal. Jamás en su vida ha visto algo tan espectacular y a la vez tan terrible. Vuelve a cerrar los ojos procurando parecer dormido.
En su mente no sabe para qué tanto acero. Pero, reconoce la larga espada que cuelga a un costado, años atrás en la mina de Potosí un hermano esclavo perdió un brazo con ese largo instrumento de muerte.
El amo avanza hacia su caballo y Zambo aún agazapado contra la pared siente que alguien le observa.
«Esclavo sucio, ¡despierta!»
Asustado, levanta la cara y mira hacia el amo.
«Esclavo, hoy llega el juicio final, yo iré a enfrentar mi destino. Y tú sucio ahí donde estás te quedarás hasta que vuelva y si no vuelvo me encargaré que no veas la luz».
Los ojos de Zambo se muestran temerosos y llorosos mirando al agresor, no es la primera vez que el amo le amenaza de esta manera. Usualmente lo hace cada par de semanas, pero su temor no disminuye, sabe lo brutalmente abusivo que puede ser el ahora valiente noble.
Zambo no habla mucho, su lenguaje completo no supera las mil palabras y la mayoría de lo que dice suena a farfullo antes que a palabra educada. No comprende mucho, pero sabe que su vida es lo más precioso y que su libertad es lo más dulce.
El noble armado de acero se sube a su bestia, al salir de la porqueriza el barro dibuja una estela.
Un sonido como mil truenos se escucha.
Zambo sigue rompiendo su cadena.
El sueño de libertad, el gigante moreno parece ver su vida cambiar mientras aquella cadena se termina de romper.
Falta tan poco, son solo un par más de golpes y será libre.
De pronto otro cañonazo, el cielo se parte y Zambo piensa que el juicio final está cerca.
Aún sin haberse podido levantar, de pronto Chelo vuelve a la porqueriza. Pero esta vez sin jinete.
Es su oportunidad, descalzo y vestido como un mendigo, pero con la fuerza de tres hombres, corre hacia el caballo y se sube sin pensarlo.
Otro trueno en el cielo y esta vez una explosión a poca distancia de donde se encuentra. Le recuerda a las explosiones de la mina. Quizás el rey ha venido a devorarlo todo, quizás es el juicio final.
Zambo a caballo escapa, ve a la distancia lo que parece ser una plaga de langostas cubriendo el horizonte. El caballo no va en esa dirección, parece estar poseído y marchar lejos del ruido. Las explosiones aumentan en cadencia y Zambo comprende qué está pasando.
No es el juicio final, es la guerra.

***
Mario Bravo Larrea (Lima, 1989) Escritor en ciernes con veintisiete años de maceración.