lunes, 7 de noviembre de 2016

Un cuento mensual: Fiesta del té (Alejandra P. Demarini)

Ya había caído la tarde. Se acercaba la hora de cenar, pero los juegos siempre tienen prioridad en la mente de los niños y ella había estado preparando su mesita con esmero desde que su compañero regresó.
—Casi está —dijo en voz alta, acomodando las tazas antes de levantar la mirada al niño sentado al otro extremo de la mesa—. Logré conseguir unos bizcochos, pero no se lo digas a nadie, Rupert.
Rupert asintió, compartiendo una sonrisa con la niña.
Ella se dirigió a su cama; encima había dejado los postres que la madre expresamente indicó no tocar y que, sin embargo, habían sido demasiado buenos como para no formar parte de la merienda de la tarde.
Regresó a la mesa, encantada de encontrar las cucharitas en su lugar.
—Muy bien, Rupert, ahora sí podemos tener una fiesta de té como las que tienen los adultos.
Su alegría no era compartida. Su amigo frunció el ceño y ella decidió explicarle antes de que él expresara lo que tenía en mente.
—Sí, ya sé lo que vas a decir, pero sabes que no me dejan usar agua de verdad, dicen que sería un desastre y no quieren que se arruine el piso.
Rupert no se mostró convencido.
—No seas aburrido —continuó ella, dejando los bizcochos sobre el pequeño azafate—. Usa la imaginación.
El muchachito resopló, pero hizo lo que le pidieron, asiendo la tacita de porcelana que tenía en frente.
—Ay, pero todavía no —insistió la niña—, tienes que esperar a que sirva primero.
Mientras ella cogía la tetera y hacía ademán de llenar las tazas, su compañero se abstuvo de hacer comentarios.
Ella se volvió a arrodillar frente a la mesa, con cuidado de no arrugar su vestido, y cada quien levantó su propia taza para sorber el té invisible, teniendo muy presente que los meñiques debían estar alzados.
—Bien, señor Rupert, ¿cómo estuvo su día?
La niña había entrado ya en su personaje de dama de alta sociedad, con imitación de voz pomposa incluida. No obstante, toda su ilusión se quebró al ver lo que hacía el otro.
—Rupert, ¿cómo vas a contestar y preguntarme después sobre mi día si tienes la boca llena de bizcocho? —el niño la miró, aún con el postre en la mano— No, no hables ahora, es de mala educación hablar con la boca llena.
Fue el turno de ella de suspirar con fastidio, a lo que el chico respondió dejando el objeto de la discordia de vuelta en el azafate, y usando el mantel para limpiarse las migajas de las comisuras de los labios. Cosa que hizo con exagerada gracia y decoro, ganándose las carcajadas de su compañera.
—La cena está lista —el juego llegó a su fin cuando la madre entró en la habitación—. ¿No me escuchaste llamándote?
—No, no escuché.
El niño se puso de pie, sacudiéndose de la ropa lo que quedaba de las migajas antes de ir al encuentro de su madre.
—¿Qué te dije de los bizcochos?
—Lo siento.
La mujer negó con la cabeza ante el postre mordido. Debió saber que era demasiada tentación para su hijo, pero no podía enojarse con él, ¿qué otra cosa podía hacer el pobrecito en esa enorme y vieja casa? Llevaban una semana y todavía faltaba desempacar varias cosas; con la mujer ocupada en eso y el padre trabajando, el chico no tenía mayor distracción que sus juegos. Ni que decir de hacer amigos en el vecindario, con lo callado que era.

Tomándolo de la mano, la madre se llevó al niño, dejando el cuarto vacío.

***
Alejandra P. Demarini (Lima, 1989) Estudió Psicología en la Universidad Ricardo Palma y ha seguido varios cursos y talleres de literatura y narrativa. Autora de las novelas El castillo extraño (Ediciones Altazor, 2014) y Crista y el reino de los sueños, la cual fue finalista del Tercer Premio Altazor de Novela Infantil 2015. Ha publicado también varios cuentos en plataformas virtuales, así como compilaciones físicas de los géneros fantástico y ciencia ficción.