domingo, 17 de abril de 2016

Un cuento mensual: Solitario (María Lila Asar)



Era un día tibio de finales de la estación seca. Muy temprano, Alana arribó en el primer barco, deseosa de disfrutar del parque nacional ecuatoriano. Bajó y aspiró el aire salino. Relajó su mente para disfrutar este último día de vacaciones. La joven era menuda y vestía con sencillez. Lo que la destacaba entre los demás visitantes era su fisonomía. Quizás fuera por la expresión dulce de su rostro o la mirada comprensiva de sus ojos oscuros, uno intuía que podía confiarle cualquier cosa.
Caminó sin prisa, sin rumbo, conectándose con todos los sentidos al mundo natural. Al cabo de una media hora, se detuvo de repente, sorprendida al percibir un peculiar suspiro. Giró, buscando el origen del sonido, y lo descubrió muy próximo a ella. Un anciano de piel reseca, plegada en cientos de arrugas, sin brillo. Cargaba el peso de muchos años en su espalda, aunque su expresión era dulce.
¾¿Qué le ocurre? ¾preguntó, conmovida por la pena que adivinaba.
El anciano la miró un largo momento, evaluándola. Intuyó que ella poseía el don de comprenderlo.
¾¿Cuál es su nombre? ¾quiso saber Alana.
El anciano meditó un instante.
¾Dime Jorge. Hace tanto tiempo que me llaman así que ya no recuerdo el  verdadero.
Alana se sentó cerca, ladeando la cabeza para mirarlo con atención. Lentamente, como desenterrando recuerdos, comenzó a contarle su historia.
Él era el último sobreviviente de su pueblo, originario de las islas del Pacífico. Su infancia había sido feliz, hasta el aciago día en que murieron sus padres, junto a todos los ancianos del pueblo. Luego, murieron sus hermanos y hermanas, y hasta sus amigos, sin dejar descendencia. Otros habían sido llevados lejos en barcos para no regresar jamás. Jorge había visto cambiar el mundo, pese a haber vivido en las islas toda su larga vida. Pertenecía a otro siglo, una época más simple, cuando la vida discurría a un ritmo muy diferente.
Alana sintió su corazón lleno de tristeza por el anciano. Con suavidad, deslizó una pregunta acerca del amor.
Los ojos del anciano se llenaron de recuerdos. El amor de su vida había fallecido tantos años antes que ya no podía precisar la fecha, pero la pena de su pérdida seguía a flor de piel. Algunos jóvenes, preocupados por él, habían arreglado citas. La narración se detuvo. Alana aguardó en silencio, esperanzada.
¾Hallé una pareja apropiada ¾le dijo Jorge, con tono cortés¾. Éramos algo diferentes y nos costó mucho adaptarnos el uno al otro. Compartimos quince años... ¾hizo una pausa, como para reunir fuerzas¾. Intenté aferrarme a la vida. Pese a mi avanzada edad, tuve esperanzas. Pero ya había pasado mi tiempo. Mis bebés nacieron muertos.
¾¿Todos? ¾preguntó Alana, en un susurro.
¾Todos. Habíamos puesto los corazones en nuestros hijos. Fue demasiado para ambos. Ya no nos quedaba nada. Mi compañera se alejó.
Alana sentía la soledad del anciano en toda su magnitud, pero la sorprendía su tranquila expresión.
¾¿Cómo se sobrepuso? ¾musitó, secándose los ojos.
Jorge miró lentamente a su alrededor. Ella siguió su ejemplo.
¾Mira cuánta belleza. No puedes estar triste aquí por siempre.
¾El lugar donde nació ¾coincidió Alana¾, es una maravilla de la naturaleza.
¾Es más que eso. ¾Ella volvió la vista al anciano, a su expresión dulce: ¾Es mi hogar.
Largo rato siguió sentada, cerca de Jorge. Meditaba en lo que le había contado, cuando se acercaron algunos extranjeros, deseosos de tomarse una fotografía con él.
¾Me he convertido en una rareza. ¾El tono del anciano oscilaba entre el hartazgo y la resignación.
Alana observaba la escena, comprendiendo a qué se refería. Solo una foto. Rápido. Y pasar a la siguiente atracción del parque, rápido, sin tiempo que perder. Nadie se detenía a escuchar los pensamientos lentos del anciano. ¿Por esa razón quedaban tan escasos intérpretes como ella?

Alana regresó a la vorágine de la vida cotidiana y del trabajo, pero descubrió que había cambiado su perspectiva de las cosas. Empezó a darse tiempo para desacelerar, escuchar y ver.
Pocos días después, con lágrimas en los ojos, leyó en el periódico la noticia del fallecimiento del anciano:

Solitario Jorge, una tortuga gigante y centenaria, ha muerto tras décadas de esfuerzos científicos para lograr su reproducción en las islas Galápagos, en el Pacífico ecuatoriano. Su deceso marca el fin de su especie y de un símbolo de la lucha por la conservación animal.”

***

María Lila Asar (Córdoba, 1976). Es doctora en Física, especializada en Atmósfera. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y a la investigación. Como escritora sus intereses se orientan principalmente al género fantástico. Pertenece al grupo literario Máquinas y Monos, en el que ha publicado diversos cuentos. Ha terminado recientemente una novela distópica y está trabajando en una novela en el subgénero ciberpunk.