lunes, 7 de noviembre de 2016

Un cuento mensual: Fiesta del té (Alejandra P. Demarini)

Ya había caído la tarde. Se acercaba la hora de cenar, pero los juegos siempre tienen prioridad en la mente de los niños y ella había estado preparando su mesita con esmero desde que su compañero regresó.
—Casi está —dijo en voz alta, acomodando las tazas antes de levantar la mirada al niño sentado al otro extremo de la mesa—. Logré conseguir unos bizcochos, pero no se lo digas a nadie, Rupert.
Rupert asintió, compartiendo una sonrisa con la niña.
Ella se dirigió a su cama; encima había dejado los postres que la madre expresamente indicó no tocar y que, sin embargo, habían sido demasiado buenos como para no formar parte de la merienda de la tarde.
Regresó a la mesa, encantada de encontrar las cucharitas en su lugar.
—Muy bien, Rupert, ahora sí podemos tener una fiesta de té como las que tienen los adultos.
Su alegría no era compartida. Su amigo frunció el ceño y ella decidió explicarle antes de que él expresara lo que tenía en mente.
—Sí, ya sé lo que vas a decir, pero sabes que no me dejan usar agua de verdad, dicen que sería un desastre y no quieren que se arruine el piso.
Rupert no se mostró convencido.
—No seas aburrido —continuó ella, dejando los bizcochos sobre el pequeño azafate—. Usa la imaginación.
El muchachito resopló, pero hizo lo que le pidieron, asiendo la tacita de porcelana que tenía en frente.
—Ay, pero todavía no —insistió la niña—, tienes que esperar a que sirva primero.
Mientras ella cogía la tetera y hacía ademán de llenar las tazas, su compañero se abstuvo de hacer comentarios.
Ella se volvió a arrodillar frente a la mesa, con cuidado de no arrugar su vestido, y cada quien levantó su propia taza para sorber el té invisible, teniendo muy presente que los meñiques debían estar alzados.
—Bien, señor Rupert, ¿cómo estuvo su día?
La niña había entrado ya en su personaje de dama de alta sociedad, con imitación de voz pomposa incluida. No obstante, toda su ilusión se quebró al ver lo que hacía el otro.
—Rupert, ¿cómo vas a contestar y preguntarme después sobre mi día si tienes la boca llena de bizcocho? —el niño la miró, aún con el postre en la mano— No, no hables ahora, es de mala educación hablar con la boca llena.
Fue el turno de ella de suspirar con fastidio, a lo que el chico respondió dejando el objeto de la discordia de vuelta en el azafate, y usando el mantel para limpiarse las migajas de las comisuras de los labios. Cosa que hizo con exagerada gracia y decoro, ganándose las carcajadas de su compañera.
—La cena está lista —el juego llegó a su fin cuando la madre entró en la habitación—. ¿No me escuchaste llamándote?
—No, no escuché.
El niño se puso de pie, sacudiéndose de la ropa lo que quedaba de las migajas antes de ir al encuentro de su madre.
—¿Qué te dije de los bizcochos?
—Lo siento.
La mujer negó con la cabeza ante el postre mordido. Debió saber que era demasiada tentación para su hijo, pero no podía enojarse con él, ¿qué otra cosa podía hacer el pobrecito en esa enorme y vieja casa? Llevaban una semana y todavía faltaba desempacar varias cosas; con la mujer ocupada en eso y el padre trabajando, el chico no tenía mayor distracción que sus juegos. Ni que decir de hacer amigos en el vecindario, con lo callado que era.

Tomándolo de la mano, la madre se llevó al niño, dejando el cuarto vacío.

***
Alejandra P. Demarini (Lima, 1989) Estudió Psicología en la Universidad Ricardo Palma y ha seguido varios cursos y talleres de literatura y narrativa. Autora de las novelas El castillo extraño (Ediciones Altazor, 2014) y Crista y el reino de los sueños, la cual fue finalista del Tercer Premio Altazor de Novela Infantil 2015. Ha publicado también varios cuentos en plataformas virtuales, así como compilaciones físicas de los géneros fantástico y ciencia ficción.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Zoológico de culto (Kaulder)

Llevo ocho años trabajando en este antiguo parque zoológico, el único que queda de este tipo en el mundo. Está ubicado en una zona remota de mi país, Monumental Puruchuco, para ser precisos. Los historiadores mencionan que antes del terremoto de Lima hubo aquí hogares, caminos y un complejo deportivo que incluía un recinto con numerosas graderías para los espectadores que, durante por lo menos noventa minutos, observaban exaltados el encuentro de dos equipos, cada uno de once hombres. No recuerdo cómo se llamaba ese deporte, pero era tan adictivo que incluso se practicó en el siglo XXIII. Ese gusto me recuerda el arrebato del pueblo y la nobleza ante la lucha a muerte de los gladiadores en la época del Imperio romano.

Es cierto que existen grandes zoológicos como los de Madrid Oceánica y Dallas Oriental, con exhibiciones más verosímiles ya que cuentan con animales clonados y paisajes acordes a cada criatura, pero el nuestro tiene muchas visitas. Parecen felices con solo ver a los viejos hologramas que recrean el aspecto visual, aunque las bestias carecen de olor y otros rasgos que invadirían los sentidos de haber sido modernizado este lugar.

En mi infancia, mi abuelo me dijo que los más interesados en asistir a ver a los animales eran los niños. Pero ahora noto que ha habido un cambio en los gustos, ya que desde el inicio de mis labores los más asiduos visitantes han sido los adultos.

Mi trabajo consiste en asegurarme que la electricidad generada por la energía eólica sea utilizada con la mayor eficacia para el Sector Andino del parque. Lo más laborioso es la revisión de la matriz del conjunto. Pero lo que me deja agotado es un trabajo adicional: según mi acuerdo con los directivos debo dar paseos por las exhibiciones a ciertas horas. De esta manera aprendí las decenas de rutas y cada texto explicativo sobre los animales. Me sorprendieron muchas historias, pero la de la rana gigante de Junín es la que me gusta más porque yo sé que es cierta. Fue el primer holograma que vi en mi vida, cuanto tendría unos cinco años y su aspecto me causó fiebres.

Ayer, luego de mi turno con la matriz, salí a las exhibiciones, hablé con un turista alemán al que le consulté por qué venía aquí. Sonriendo enigmáticamente me respondió con una vaguedad: «aquí encuentro un ambiente familiar, la atmósfera no es tan corrosiva como en Europa porque allá utilizo una máscara protectora». Lo cierto es que desde hace años sé la verdad.  Desde el inicio los directivos me dijeron que mi trabajo incluiría largos paseos y me ofrecieron un sustancioso salario.

Yo era el único descendiente del cazador que cobró las últimas piezas de animales salvajes en el mundo y que terminaron dejando al planeta sin esas criaturas, tenía un gran parecido físico con él. Así que los turistas pagaban mucho por intentar encontrarme y tomarme una foto, sobre todo los japoneses. Como nunca sabían que ruta seguiría, la mayoría no lograba ubicarme, lo que aumentaba la emoción de la actividad. Ahora otros parques zoológicos quieren mis servicios, pero aquí me siento feliz, ejerzo la ingeniería, me pagan muy bien, y de vez en cuando soy cazado por sus cámaras, aunque casi nunca me entero de eso.

***

Si deseas publicar en la sección "Un cuento mensual" de Torre de Papel Ediciones, puedes enviar tu relato a torredepapelediciones@gmail.com y, tras una evaluación, te daremos una respuesta.



martes, 6 de septiembre de 2016

Presentación de Bioficciones en la FIL 2016

El domingo 31 de julio de 2016, Benjamín Román Abram presentó su primer libro impreso Bioficciones en el marco de la 21° Feria Internacional del Libro de Lima, en el auditorio Clorinda Matto de Turner. 

El autor estuvo acompañado en la mesa por los escritores Carlos Enrique Saldívar, Carlos Echevarría y Carlos de la Torre Paredes, quienes comentaron el libro. Entre otras virtudes, destacaron la experiencia de Benjamín escribiendo microficción ya que, si bien Bioficciones es su primer libro impreso, antes había publicado el cuentario En envase pequeño en formato digital, además de otros relatos en diversos medios digitales e impresos. También destacaron la extensa lectura previa de biografías e historia, lo que ha permitido que el autor logre plasmar insólitas historias a partir de hechos reales que le sucedieron a personajes famosos, quienes son los protagonistas de estos cincuenta relatos.

Muchas gracias a todos los asistentes, quienes llenaron la sala y compraron todos los libros que se pusieron a la venta ese día. 









lunes, 5 de septiembre de 2016

Bioficciones (Benjamín Román Abram)


Autor: Benjamín Román Abram
Género: Cuento
Subgénero: Ciencia ficción, fantasía, terror.
Edición en papel
País: Perú
Año: 2016
Páginas: 139
ISBN: 978-612-47058-1-6
Precio S/ 25
Lugares de venta: Librería Sur
Edición en digital
Plataforma: Amazon
Precio: US$ 2.99
Comprar:


Bioficciones es un cuentario de cincuenta relatos donde personajes famosos, entre históricos y ficticios, son protagonistas de insólitas historias escritas en clave de literatura fantástica.
La obra incluye un prólogo escrito por Carlos Enrique Saldivar y un apéndice con las biografías reales de los personajes.

Contratapa

Charles Darwin, en su viaje por las islas Galápagos, descubre algo que pone en riesgo sus primeros bosquejos sobre la evolución de las especies; un viajero del tiempo, con fines egoístas, le cuenta a un joven Albert Einstein el devenir mundial; Cristóbal Colón lucha contra un monstruo mítico en su viaje hacia las Indias; Adolph Hitler es juzgado en pleno siglo XXII; Jesucristo enfrenta a demonios castigados por Satanás; un inmigrante estelar se vuelve un chasqui del Imperio inca y se enamora de la hija de un curaca. Estas historias son solo una muestra de los muchos cuentos de Bioficciones, en donde Benjamín Román Abram nos presenta personajes célebres, entre históricos y ficticios, como protagonistas de insólitos relatos.

El autor peruano recurre para eso a viajes temporales, clonaciones, robótica, contacto con extraterrestres, mitología, religión, cultura popular, entre otros tópicos que nos permiten no solo entretenernos con una ágil y amena lectura, sino también repasar la historia y a sus actores desde una perspectiva poco frecuente que el autor denomina «bioficciones».



domingo, 4 de septiembre de 2016

Hechos desconocidos



Autor: Jim Rodríguez
Género: Cuento
Subgénero: Terror
Edición en papel
País: Perú
Año: 2016
Páginas: 106
ISBN: 978-612-47058-3-0
Precio S/ 15
Lugares de venta: ver mapa
Edición en digital
Plataforma: Amazon
Precio: US$ 2.99
Comprar:


Hechos desconocidos es la segunda publicación del autor peruano Jim Rodríguez. Son ocho cuentos de terror sobre entidades que conviven en esta realidad y atormentan a aquellos que tienen la desdicha de cruzarse en su camino.

Contratapa

Muchos creen que están solos, que no hay nada más allá de lo que perciben; sin embargo, existen entidades que nos observan y nos acompañan día a día. Algunas son pacíficas; otras están al acecho y, cuando se manifiestan, afectan nuestras vidas.

Jim Rodríguez ha transformado esas experiencias en historias envolventes gracias a una prosa sobria y contundente, la que permite que estos cuentos se disfruten con expectación y suspenso, introduciendo al lector en este mundo de demonios, súcubos, vampiros energéticos y otras abominaciones siniestras. El autor logra transmitir el horror que viven sus protagonistas, consiguiendo que experimentemos la misma angustia. Hechos desconocidos promete convertirse en una referencia de la literatura de terror.





El planeta olvidado II. La resistencia (Carlos Echevarría)


Autor: Carlos Echevarría
Género: Ciencia ficción
Edición en papel
País: Perú
Año: 2016
Páginas: 241
ISBN: 978-612-47058-3-0
Precio S/ 30
Lugares de venta: ver mapa
Edición en digital
Plataforma: Amazon
Precio: US$ 2.99
Comprar:
Cronología de la historia
El planeta olvidado II. La resistencia es la segunda novela de la saga literaria El planeta olvidado y fue publicada por Torre de Papel Ediciones en julio de 2016. 

La trama continúa la historia relatada en El planeta olvidado I, La liberación, inmediatamente después de "La primera batalla de Sigmator", donde la FOUD atacó al planeta capital del Imperio toriano. La historia se desarrolla desde fines del 2011 hasta principios del 2014.

Argumento

La Federación ha perdido la batalla de Sigmator contra el Imperio toriano y las pocas naves que lograron escapar regresan a sus planetas, ahora deben reorganizarse y resistir el contraataque de sus enemigos, quienes se preparan para invadir el planeta Épsilon 27. A pesar de que la FOUD intenta conseguir apoyo de mundos lejanos, todo hace indicar que perderán la guerra.

Mientras la batalla para defender la capital de la FOUD se avecina, los seleccionados no solo tendrán que participar en nuevas misiones y prepararse para volver al combate, sino también deberán lidiar con las autoridades de distintos países de la Tierra, quienes están planeando su destitución para tomar el control de la Federación Terrícola.

Versión digital

La versión digital está disponible en todas las plataformas de Amazon a un precio de US$ 2,99: amazon.com, amazon.esAmazon.mx.









domingo, 14 de agosto de 2016

Un cuento mensual: El canal del tiempo (Antoanette Alza Barco)


La ceremonia religiosa había dado su inicio, los guerreros que habían caído en combate fueron recibidos, en la cúspide de la pirámide, por un hombre vestido de pájaro. La gran mayoría de fieles estaban arrodillados en el exterior, ya que, al pueblo no se le permitía el ingreso. Sin embargo, era un día especial, porque desde hacía muchísimos años el solsticio no coincidía con la presencia de la luna llena. Los sacerdotes habían hecho sus pronósticos y estos iban desde catástrofes naturales hasta contacto con seres de otro mundo. Para esta ocasión, el rito había sido preparado especialmente, ya que la antigua clase dominante del pueblo conquistado estaba presente, debían familiarizarse con la fe de los mochicas y hacerla suya para que no surgieran insurrecciones.
Los conquistados debían encontrar en el dios moche, Aiapaec, un lugar de fe tan arraigado que no surgieran más insurrecciones. La hoguera estaba encendida, la reina presta para dirigir el sangriento tormento, era la ceremonia de conquista. Todos estaban allí, la clase guerrera  con sus mejores galas se encontraban con sus máscaras y pérgolas listas para contactarse con Aiapaec, su dios.
La joven reina de Cao sacó un extraño artefacto, Aiapaec, le había hecho una revelación la noche anterior en sueños e hizo que tomara unos hilos de lana con dos receptores de calabaza, las amarrara a los extremos y los recubriera con resina, como un medio de comunicación. De sus piernas se escurría su propia sangre, como lo mandaba la naturaleza de la mujer cada mes, aunque fuera gobernante y adivina, pero su olor era agradable, se había perfumado con hierbas. Su piel era  un sinfín de serpientes, mamíferos tatuados con formas que se perdían con las imágenes, pero que en conjunto eran signo del gran poder que ostentaba.
La Reina cogió el extraño artefacto y uno de los lados lo aproximó a sus labios y el otro a la boca del dios, sonidos guturales empezaron a brotar de la menuda joven e inundaban los labios de  Aiapaec, hecho de adobe, como casi todo en el lugar. El eco era impresionante, la Huaca de la Luna empezó a iluminarse, el satélite aparecía en todo su esplendor y se convertía entre rosado y rojo  como sus entrañas, como las piernas de la reina. Ella convulsionaba por los brebajes que tomaba al compás de los tambores, sus oraciones de clamor eran cada vez más vívidas. Los que iban  a ser sacrificados eran derribados y con la cabeza destrozada terminaban en la hoguera. Los conquistados gritaban de dolor, conquistadores de complacencia.  Uno a uno iban cayendo en la hoguera los esclavos de la batalla, Conquistados y conquistadores gritaban y oraban al unísono.

La reina escuchó una voz, era Aiapaec, se dijo, pero no entendía nada. Estamos a punto de caer, decían del otro lado, sentimos los gritos enardecidos del enemigo, le gritaban que conteste. El grito se confundía con la voz gutural de la reina. En un sinfín de segundos no entendían lo que decían, los militares del año 1821 peleaban por la independencia, y los gritos de guerra de sus libertadores que se mezclaban con las de la Reina y sus conquistados. Y a su vez, escuchaban las voces que daban los héroes peruanos de la guerra contra Ecuador en 1999.  


En 2169 la luna roja e imponente se veía muy próxima en el firmamento, su gravedad  interfería con la inteligencia artificial, de nombre Aiapaec, que mandaba sin control mensajes al pasado y, mientras decodificaba el mensaje, iba respondiendo al llamado ancestral. 


***


Antoanette Alza Barco: Estudió Literatura en la Pontifica Universidad Católica del Perú, así como Educación en la misma casa de estudio. Es coordinadora de Políticas Culturales en PAR – Instituto de Políticas Públicas, Regulación y Desarrollo Sostenible. Productora Artística.  Ha sido profesora en instituciones educativa como la Marina Mercante e Investigadora en la Pontifica Universidad Católica del Perú. Además, es activista por los derechos humanos, en especial de los Afrodescendientes e Indígenas. Gestora Cultural,  participó en el Primer Congreso Latinoamericano de Gestión Cultural con el tema “La Ley Asustada”. Ha publicado investigaciones, cuentos y ha sido entrevistada en Revistas nacionales como internacionales. En 2015 Publicó en la Antología “Se Vende Marcianos: muestra de relatos de ciencia ficción peruana" con el cuento "GER".

miércoles, 6 de julio de 2016

Jim Rodríguez

(Lima, 1976) Ha publicado la novela Apokhalipsis. La máquina del tiempo (2015) y participó en Se vende marcianos: muestra de relatos de ciencia ficción peruana (2015), ¡Marty Llega!: cuentos peruanos sobre viajes en el tiempo (2015) y Selección gallera: cuentos y relatos de autores peruanos Vol. 4 (2015). Obtuvo el Primer Lugar en el Concurso de Relato Retrofuturista organizado por la Comunidad Steampunk Perú (2016).





Publicaciones con Torre de Papel



jueves, 23 de junio de 2016

Un cuento mensual: La caja de colores (por Scribble)



Se encontraba  muy agitado, había corrido cinco cuadras sin parar, sorteando a cuanto transeúnte se cruzaba en su camino, escabulléndose entre la multitud, con tal de no ser atrapado. En ningún momento volteó a ver atrás, sabía que no podía perder el tiempo. Sus mejillas estaban rosadas, su camiseta empapada de sudor y respiraba agitadamente. Cuando llegó a un callejón, por fin pudo detenerse, había logrado su primer robo. “Nadie sabía que lo hacía por necesidad ya que las circunstancias lo habían obligado a ello”. Para poder ver el botín, se adentró en el callejón con pasos lentos y titubeantes, escondiéndose entre los grafitis y el olor a humo de cigarrillo que había quedado impregnado en aquel lugar. Se dirigió hacia unos inmensos tachos de basura y se ocultó en cuclillas detrás de estos. Con las manos y las piernas temblorosas jaló lentamente el cierre de la cartera, podría encontrar algo que se pudiera vender a buen precio. Dentro de este encontró un pintalabios, rímel, una libreta con el nombre de varias personas, un celular y una caja de colores, algo muy peculiar para haber pertenecido a aquella chica que se veía frágil en el paradero.
Lo más valioso sin duda era un iPhone, ya que era el juguete de moda, así que procedió a descubrir cómo funcionaba el aparato que para su suerte, estaba desbloqueado. Empezó a examinar la cámara y en la pantalla pudo ver el reflejo de su rostro, capturando cada detalle, desde aquella cicatriz en la ceja, producto de un mal piercing practicado cuando era adolescente, hasta los tres pequeños lunares en línea que tenía debajo de su ojo izquierdo. Sonrió para poder ver sus dientes, donde resaltaba aquella pieza plateada. ¡Bingo! —dijo—. Este era un gran botín, valió la pena tanto susto. Puso todo dentro de su mochila y siguió con sus labores.
Aquel día fue una tarde muy agitada, también pudo conseguir otras cosas, pero ninguna de tanto valor como el celular que le había robado a aquella chica en la mañana. 
Entrada la noche, abrió la ventana de su cuarto para que ventile toda su habitación, prendió la radio y se puso a escuchar música clásica. Empezó a explorar el celular, tocándolo cuidadosamente y apreciando cada detalle. Como era un melómano prosiguió con la lista de reproducción. Dicen que la música que uno escucha es capaz de desnudar el alma de cualquier persona, así que con ello podría conocer a su víctima. En ella había música muy variada desde grupos como Coldplay, electrónica hasta una carpeta inusual que decía dark violin, eso lo dejó intrigado y, con el ceño algo fruncido, era la primera vez que escuchaba algo parecido. Sacó el montículo de revistas y libros que tenía encima de un viejo equipo, encendió la señal del bluetooth y siguió revisando el celular echado en su cama. La música no estaba mal, empezaron a sonar las canciones de Coldplay y luego… procedió a revisar la galería de imágenes, había varias fotos de ella con chicas, casi con seguridad sus amigas. Nada raro hasta el momento. 
Luego de unos minutos, él ya había deducido no solo sus nombres, sino también sus actitudes, Claudia e Isabel eran las locas del grupo, cada cual a su estilo, Francesca era de carácter temperamental y la dueña era la chica relax, el punto de equilibrio sin la cual todas se llegarían a matar. Hasta ahí todo lo que parecía normal dejó de serlo; encontró varias fotografías de gente tatuada que le llamaron la atención, estas no pertenecían a ninguna de las amigas, pudo corroborar ello al revisar varias fotos de la última visita que habían hecho recientemente a Pisco y efectivamente ninguna tenía tatuajes. El rostro del joven muchacho lucía intrigado, frotándose el cabello como tratando de encontrar una explicación, algo no cuadraba, pensaba mientras la música ya no reproducía Coldplay ni los últimos hits de la electrónica, se encontraba en “dark violin”. El clima se ponía tenebroso, ya había oscurecido, aun así las calles lucían iluminadas por la luna llena. De lo que se encontraba plácidamente echado sobre un peluche, pasó a sentarse sobre su cama con la cabeza bien agachada y mostrando una ligera joroba. Revisó las demás aplicaciones y se detuvo en una que tenía un título particular: “Mis sueños”, se cogió el mentón con la mano derecha y con el dedo índice de la mano izquierda muy lentamente presionó ese ícono. De repente la pantalla se puso de base negro con letras blancas y con un tipo de letra gótico, lo cual hacía que esto sea más extraño aún. De fondo sonaban los acordes del violín que cada vez tenían unas notas más graves y engendraba un entorno como de película de terror. Al parecer esta aplicación era una especie de bloc de notas, en ella se leía lo siguiente:

“Valentina H.
Era una chica muy apacible y tranquila, pero a una fiesta a la que asistí hacía dos meses cometió el descaro de ir con el mismo vestido que yo. Y para colmo de males, cuando estábamos en el baño de mujeres, la muy zorra se atrevió a decirme que era una copiona sin estilo. Hasta ahí le podía perdonar sus tonterías porque mis accesorios eran mejores que los suyos, y en la fiesta la presencia de esta puta había pasado inadvertida. Todo bien hasta ahí, pero lo que nunca le perdoné fue que se atreviera a bailarle así, como toda una forajida, al chico con el que yo estaba saliendo. Eso fue el punto final. Así que procedí a utilizar uno de mis colores favoritos, el rojo :D”.

Luego de leer esta historia, el joven había quedado perturbado. Si en un primer momento se sentía mal por haber cometido su primer delito, ahora estaba confundido porque al parecer no era el celular de una persona ordinaria.
Con su dedo deslizó sigilosamente la pantalla para ver la siguiente historia, la primera ya lo había dejado temeroso, pero quería descubrir que más era lo que había. Empezó a leer:

“Clarissa J.
Nunca te perdonaré que me hayas hecho esto, yo que siempre quise ser la jefa de la otra área y tú lo sabías, pero ¡no!, tuviste que poner a la otra chica, solo porque ella era la hija del dueño de la empresa. Podré entenderte, era una decisión complicada, pero me enojó tu falta de huevos por no haberme dado tu voto de confianza, así que para ti va el azul”.

El joven ya se encontraba muy consternado, sin duda la dueña del celular había hecho algo malo con aquellas personas. Introdujo el nombre de Valentina y Clarissa en la cuenta de Facebook y no existía ninguna de las cuentas, eso le pareció raro, porque por la familiaridad con la que escribía sin duda las conocía. Bajó de la cama y se dirigió hacia su baúl, dándose tropezones con todos los objetos que se encontraban tirados en el suelo: zapatos, revistas, cajas de cartón. Una vez que llegó se puso a buscar desesperadamente la cartera que se encontraba al fondo de este y esta vez se puso a revisar cuidadosamente lo que había dentro de esta. Vio la libreta y ahí estaban los nombres completos de Valentina y Clarissa. Volvió a ingresarlos al buscador del Facebook, pero nada. Luis estaba sudando frío, al parecer había sido su primera vez y tal vez podría ser la última. Esta vez decidió buscar en LinkedIn, tampoco existían las cuentas de estas personas. Volvió a ver la libreta y notó un detalle, ambos nombres se encontraban tachados uno con un color rojo y el otro con azul, tal y como finalizaba la descripción de cada chica.
Luis recordó haber visto una caja de colores en la cartera. Sin duda estos eran de los colores restantes. Notando que a la caja le faltaban cinco colores, intuyó que le faltaba leer tres historias más. Tomó nuevamente el celular y esta vez, tragando algo de saliva, deslizó su dedo y pudo notar que efectivamente había tres historias adicionales y estas finalizaban con los tonos que faltaban en la caja.
En la libreta revisó nuevamente y en la parte final del directorio telefónico pudo advertir que allí se encontraban los números telefónicos de estas personas, los celulares y números fijos. Procedió a llamar solo a dos números.
—¡Aló! , ¿se encuentra Clarissa?
—Lo sentimos, ella no se encuentra acá. Ahora está en un lugar donde no hay sufrimientos. 
—Okey, lo siento— y colgó repentinamente.
432-5685
—Buenas noches, ¿se encuentra Valentina?
En el otro lado se escuchó una voz inocente de una niña diciendo “tía Valentina está en el cielo”, de repente se escuchó como si alguien le quitara el teléfono súbitamente a la niña y le dijo “supérenlo, ya no está con nosotros”.
Luis, no sabiendo qué hacer, sudando frío y con las manos temblorosas, decidió revisar nuevamente la galería de imágenes del celular y volvió a ver con mayor detenimiento las fotos. Cada uno de los tatuajes tenía, rayones que se habían hecho con colores y para que estén impregnados en la piel se habían hecho con determinada fuerza. Pudo notar que en una de las fotos que tenía un tatuaje en forma de girasol por la cintura estaba pintado de color rojo; mientras que en otra foto que tenía unos tatuajes en forma de alas en la espalda, estas estaban delicadamente decoradas con color azul.
Todos estos detalles le llamaron mucho la atención y sin duda era una buena historia, por lo que debía de que estar en la Internet. Escribió rápidamente en Google “color rojo + tatuaje + Valentina” y efectivamente salieron varias noticias de un crimen que se había cometido tres meses atrás. “Muere chica apuñalada con colores, se sospecha de una joven artista” rezaba el titular. Luis ahora sí lo tenía todo claro y con pruebas. Patty era la artista que los policías se encontraban buscando en los últimos meses. Sin embargo, él sabía que la única forma que existía para capturarla era denunciar aquel delito, lo que implicaría que pierda su libertad, cosa que no estaba dispuesto a hacer porque le urgía juntar una suma fuerte de dinero. Así que simplemente cogió su bicicleta, pedaleó sin detenerse en ninguna luz roja y una vez que se encontró en el puente a la ribera del río, echó la cartera con todas aquellas cosas. Ambos aún están libres.

***
Scribble (1987) Siempre he pensado que no he tenido una vida para nada común, y quién no es así???. Es que a partir de los 13 años algo me cambió la forma de pensar en varias cosas y también influyó en mi personalidad. Desde mis enamoramientos de adolescente hasta las cosas en el trabajo no han sido nada comunes. Aún recuerdo por ejemplo aquella época de la universidad en la cual bajaba a cuanto concierto de rock había y dormía en cada casa ajena, claro, y es que esa era la única forma segura de regresar a casa al día siguiente, y también recuerdo las cosas que he hecho cuando he estado templado. Ahora, con lápiz en mano, puedo cambiar el destino de aquellas historias. 

Dicen que los ojos ven lo que quieren ver, de la misma manera, escribiré sobre lo que quiera escribir, y ahí radica el poder de saber usar la pluma.

Para leer más cuentos del autor, revisar su blog:




domingo, 17 de abril de 2016

Un cuento mensual: Solitario (María Lila Asar)



Era un día tibio de finales de la estación seca. Muy temprano, Alana arribó en el primer barco, deseosa de disfrutar del parque nacional ecuatoriano. Bajó y aspiró el aire salino. Relajó su mente para disfrutar este último día de vacaciones. La joven era menuda y vestía con sencillez. Lo que la destacaba entre los demás visitantes era su fisonomía. Quizás fuera por la expresión dulce de su rostro o la mirada comprensiva de sus ojos oscuros, uno intuía que podía confiarle cualquier cosa.
Caminó sin prisa, sin rumbo, conectándose con todos los sentidos al mundo natural. Al cabo de una media hora, se detuvo de repente, sorprendida al percibir un peculiar suspiro. Giró, buscando el origen del sonido, y lo descubrió muy próximo a ella. Un anciano de piel reseca, plegada en cientos de arrugas, sin brillo. Cargaba el peso de muchos años en su espalda, aunque su expresión era dulce.
¾¿Qué le ocurre? ¾preguntó, conmovida por la pena que adivinaba.
El anciano la miró un largo momento, evaluándola. Intuyó que ella poseía el don de comprenderlo.
¾¿Cuál es su nombre? ¾quiso saber Alana.
El anciano meditó un instante.
¾Dime Jorge. Hace tanto tiempo que me llaman así que ya no recuerdo el  verdadero.
Alana se sentó cerca, ladeando la cabeza para mirarlo con atención. Lentamente, como desenterrando recuerdos, comenzó a contarle su historia.
Él era el último sobreviviente de su pueblo, originario de las islas del Pacífico. Su infancia había sido feliz, hasta el aciago día en que murieron sus padres, junto a todos los ancianos del pueblo. Luego, murieron sus hermanos y hermanas, y hasta sus amigos, sin dejar descendencia. Otros habían sido llevados lejos en barcos para no regresar jamás. Jorge había visto cambiar el mundo, pese a haber vivido en las islas toda su larga vida. Pertenecía a otro siglo, una época más simple, cuando la vida discurría a un ritmo muy diferente.
Alana sintió su corazón lleno de tristeza por el anciano. Con suavidad, deslizó una pregunta acerca del amor.
Los ojos del anciano se llenaron de recuerdos. El amor de su vida había fallecido tantos años antes que ya no podía precisar la fecha, pero la pena de su pérdida seguía a flor de piel. Algunos jóvenes, preocupados por él, habían arreglado citas. La narración se detuvo. Alana aguardó en silencio, esperanzada.
¾Hallé una pareja apropiada ¾le dijo Jorge, con tono cortés¾. Éramos algo diferentes y nos costó mucho adaptarnos el uno al otro. Compartimos quince años... ¾hizo una pausa, como para reunir fuerzas¾. Intenté aferrarme a la vida. Pese a mi avanzada edad, tuve esperanzas. Pero ya había pasado mi tiempo. Mis bebés nacieron muertos.
¾¿Todos? ¾preguntó Alana, en un susurro.
¾Todos. Habíamos puesto los corazones en nuestros hijos. Fue demasiado para ambos. Ya no nos quedaba nada. Mi compañera se alejó.
Alana sentía la soledad del anciano en toda su magnitud, pero la sorprendía su tranquila expresión.
¾¿Cómo se sobrepuso? ¾musitó, secándose los ojos.
Jorge miró lentamente a su alrededor. Ella siguió su ejemplo.
¾Mira cuánta belleza. No puedes estar triste aquí por siempre.
¾El lugar donde nació ¾coincidió Alana¾, es una maravilla de la naturaleza.
¾Es más que eso. ¾Ella volvió la vista al anciano, a su expresión dulce: ¾Es mi hogar.
Largo rato siguió sentada, cerca de Jorge. Meditaba en lo que le había contado, cuando se acercaron algunos extranjeros, deseosos de tomarse una fotografía con él.
¾Me he convertido en una rareza. ¾El tono del anciano oscilaba entre el hartazgo y la resignación.
Alana observaba la escena, comprendiendo a qué se refería. Solo una foto. Rápido. Y pasar a la siguiente atracción del parque, rápido, sin tiempo que perder. Nadie se detenía a escuchar los pensamientos lentos del anciano. ¿Por esa razón quedaban tan escasos intérpretes como ella?

Alana regresó a la vorágine de la vida cotidiana y del trabajo, pero descubrió que había cambiado su perspectiva de las cosas. Empezó a darse tiempo para desacelerar, escuchar y ver.
Pocos días después, con lágrimas en los ojos, leyó en el periódico la noticia del fallecimiento del anciano:

Solitario Jorge, una tortuga gigante y centenaria, ha muerto tras décadas de esfuerzos científicos para lograr su reproducción en las islas Galápagos, en el Pacífico ecuatoriano. Su deceso marca el fin de su especie y de un símbolo de la lucha por la conservación animal.”

***

María Lila Asar (Córdoba, 1976). Es doctora en Física, especializada en Atmósfera. Actualmente se dedica a la docencia universitaria y a la investigación. Como escritora sus intereses se orientan principalmente al género fantástico. Pertenece al grupo literario Máquinas y Monos, en el que ha publicado diversos cuentos. Ha terminado recientemente una novela distópica y está trabajando en una novela en el subgénero ciberpunk. 







martes, 29 de marzo de 2016

Un cuento mensual: El que suscribe, un servidor y yo (Patricio G. Bazán)




Cuatro y cuarto de la tarde, a un largo minuto para que él llegue. Como cada año en esta fecha, me siento en este mismo sofá, tan apolillado como yo, con una humeante taza de capuchino en la mano. La importancia de los pequeños detalles es crucial.
—Hora: ¡todos preparados! —anuncio. «Aunque al inicio solo yo estaré visible y poco a poco se sumará el resto». —El Viajero debe vernos gradualmente. No exponerlo a ningún trauma, ni emoción fuerte. Recuerden la anomalía en su válvula mitral, no quiero producirle un ataque cardiaco ni bien llegue.
Trece me hace gestos desde la cocina, señalando mi nariz. Tiene razón, el bigote postizo se estaba despegando. «Buen chico: un profesional atento a los detalles». Todos lo somos.
Un resplandor de luz y el Viajero se materializa sobre la alfombra del comedor, frente al sofá. Me levanto, nos miramos brevemente y le extiendo una mano. «Ya conocemos la secuencia: tos, escalofríos, desorientación temporal. Todos pasamos por lo mismo, sabemos asistirlo y reconfortarlo. Salvo yo, el más viejo de todos, no había quien me ayudara», recordé amargamente.
Es el momento, se suman Dos, Siete y Cuatro. Se acercan al hombre, ataviados con convincentes batas de laboratorio.
—Bienvenido, Morales. —Se adelanta a felicitarlo Dos, el mayor después de mí. Jamás pude quitarnos esa costumbre tonta de ponerle una manta sobre los hombros, como en las películas. No tiene frío, sino desorientación temporal, pero tal vez fuera un símbolo de protección psicológica. En todo caso, ¿quién tranquilizaba a quién?
—Entonces… ¡El experimento ha sido un éxito! Realmente he retrocedo en el tiempo... ¡El aparato funcionó! Con esto nos salvaremos del terrible futuro que predicen los científicos.
 Aquí es donde vuelvo a intervenir, la figura paternal que todos necesitamos.
—Beba esto. Lo va a reconfortar. Siéntese aquí, por favor… —aunque se trata de un proceso repetido hasta el aburrimiento, aún logra conmoverme. Esa mirada asustada, ese rostro joven y terso… ¡Qué idealistas fuimos, y qué ingenuos!
Pero el Viajero me habla, mientras yo me extravío en inútiles evocaciones del Futuro que conocí. Deben ser los años. Cuatro nota mi ausencia emocional y se adelanta:
—Como todos formamos parte de un proyecto ultra secreto, le presentaré nuestros nombres claves: yo soy Cuatro.
—Encantado.
—Él es Dos.
—Mucho gusto.                                                
—Siete.
—Un placer…
—Están a cargo de esta Estación, ¿verdad? —preguntó ansioso el Viajero, a quien pronto llamaremos Veintitrés.
—En efecto, cadete Morales. Esta es la Estación Pasado. —Sonrisa amplia y profesional. Debemos mantenerlo sereno. «Anteriormente hubo otros con ese número, pero ya no están con nosotros».
—¡Magnífico, el viaje es posible! Debo regresar pronto a mi época y dar la buena noticia, pero en los dieciocho minutos que me quedan quiero salir.
El examen médico básico revela que el nuevo Morales está en buenas condiciones físicas y mentales, el sedante aún no le nubla la razón, así que es mejor desvelar el misterio. Una mano en su hombro y una máscara compungida en nuestros rostros. Número Dos suelta un suspiro involuntario.
—Ocurrió algún tipo de error en los cálculos, Morales, o tal vez algo se averió Allá. No lo sabemos con certeza, pero la verdad es que aquí no tenemos ninguna máquina para regresarlo. Ni a usted, ni a nosotros. Lo siento mucho…
Recibió la noticia mejor que los anteriores, tal vez porque aumenté en secreto la dosis del sedante. Continué:
—Lo único seguro es que en cada aniversario del Experimento aparece una nueva copia del cadete Morales. Como si el envío mismo se repitiera una y otra vez.
—¡Absurdo! Si dice que hay copias esta estación debería estar llena de mis clones. ¿Dónde están?
¡Muy perspicaz! Esta copia lo dedujo casi al instante.
—Aquí estamos los Morales. Durante los primeros años intenté buscarme para impedirme el viaje, pero fue imposible. Hasta probamos cambiar el curso de la Historia, sin éxito. Algunos quisieron ver a sus familias, pero si estas aún vivían algo de último momento evitaba el encuentro o que reconocieran a Morales.
—Debe haber en el Tiempo algún mecanismo anti-paradojas. —dijo Veintitrés.
—¿Quién era presidente en tu época?
—A... Alfonsín… ¿qué tiene que ver?
—En la nuestra era Lúder. Nosotros saboteamos su campaña presidencial. —Miré a Dos: su idea del féretro quemado resultó tan efectiva como inútil. Hemos intentado interferir en la historia de nuestro país tantas veces…Y pese a todo, el Tiempo proseguía su marcha, tan indiferente respecto a nuestras acciones como un gato persa saciado frente a más alimento.
—¿Una especie de universo paralelo?...
Y luego perdió el sentido ante el estrés y el sedante. Ocasión tendríamos de contarle que los clones faltantes fueron voluntarios que nunca regresaron; muertos víctimas de nuestros innumerables intentos por escapar de este tiempo, al parecer definitivo. Otros, simplemente decidieron dejar el laboratorio y procurar hacer su vida en un mundo decadente. De vez en cuando nos traían aburridas provisiones y noticias desalentadoras de afuera.
Trece apareció con la torta de chocolate. Cada año la cocinábamos mejor. Conmemorábamos el aniversario del incidente y celebrábamos nuestro nacimiento. En su momento me pareció una casualidad maravillosa que eligieran justo ese día para enviarnos; pero ahora detesto con toda mi alma recibir como regalo de cumpleaños una copia de mí mismo.

Para Veintitrés tal vez lo más duro será cuando nos desenmascaremos. Narices, cejas, falsas calvas y pelucas, todas irán al suelo y al verme sabrá que ya hemos rebasado su época por cincuenta años. 

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Patricio Bazán (Buenos Aires, Argentina, 1965). Escritor e ilustrador, tiene varias obras de ficción aún inéditas entre las que se incluyen su colección de cuentos Panoplia, su novela El tapado y el león y varias obras de teatro. Participa activamente en los blogs de ficciones breves del colectivo Heliconia: Minimalismos, Medio siglo, Los cuentos del can Cerbero y Bificciones.