lunes, 28 de diciembre de 2015

Insólita Realidad


Autor: Sarko Medina Hinojosa
Género: Microficción
Edición digital
Editorial: Torre de Papel Ediciones
País: Perú
Año: 2015
Páginas: 50
Descarga gratuita
http://www.mediafire.com/file/vi8xzzxuftaul4n/Eternidad_al_atardecer_-_Jorge_Mendoza_Aramburu.mobi

Nota del autor

Este libro iba a ser más extenso. La cantidad de breves y microcuentos que esperaban aparecer era algo grande. Pero no. Decidí separar todo el material por partes para clasificarlos mejor. Esta es la primera entrega de lo que es La insoportable brevedad del ser.

Tampoco el título iba a ser este, pero mi esposa me hizo notar que estos micros tienen algo en común: son irónicos. No son salvajes microcuentos que aparecen de pronto para golpearte mentalmente y reírse sarcásticamente de tu ingenuidad por esperar algo más que humor negro, sino que tienen eso de insólito que te hace pensar que son peligrosamente más reales de lo que aparentan ser.

El éxito de un microrelato de ficción está en que te sorprenda y la realidad, incontinentemente, te sorprende, nos agarra desprevenidos, con los pantalones abajo y ya no sabes si es verdad tanta vaina o estamos en una especie de sueño colectivo de algún gracioso. A veces querrás bajarte en la esquina y decir que el último apague la luz, pero seguimos aquí. De eso se trata, de sentir que, pese a todo, estamos vivos y, sinceramente, eso ya es algo increíble.

Sarko Medina Hinojosa 

Arequipa, julio del 2013

martes, 22 de diciembre de 2015

Un cuento mensual: Hechos desconocidos (Jim Rodríguez)

Solo hay silencio… mi cabeza retumba como si hubiese recibido un fuerte golpe, el dolor atraviesa cada espacio de mi cavidad ósea, y se propaga por mi cuello queriendo estallar a través de mis vértebras. Mi garganta seca no puede refrescarse con la poca saliva que produzco; trato de hablar, no lo logro, tampoco mis párpados me obedecen. Mis dedos están entumecidos, sin embargo puedo percibir el piso, sin duda es madera. El frío envuelve mi cuerpo, es tan real… no creo estar soñando, desconozco esta realidad que me rodea y que aún no percibo en su totalidad.

Trato de recordar… las escenas son fragmentadas, empiezo a unirlas… estaba en el departamento, sí, en mi cama… desperté con la impresión de escuchar un ruido que provenía de la sala… no creía que fuese mi esposa con los niños, miré el reloj… era medianoche, faltaban muchas horas para que vuelvan de viaje… aun así los llamé por sus nombres… no hubo respuesta… me levanté y salí al pasillo, comprobé que las puertas y ventanas estaban cerradas… de pronto, escuché un misterioso susurro que provenía de mi recámara… no era normal... Mi confusión me hace mezclar mi imaginación con mis recuerdos; estoy logrando abrir mis parpados… Regresé a mi habitación expectante y nervioso, entre la oscuridad y la luz que provenía de la calle pude ver una sombra que estaba de pie, al lado de mi cama y entre las cortinas; me acobardé y retrocedí lentamente mientras aquello permanecía observándome con aquella quietud que desbocaba mi terror, al huir con desesperación tropecé y caí, sin duda allí perdí el conocimiento.

No determino qué es ese olor que siento desde que desperté, como si algo putrefacto estuviera mezclado con el perfume de unas rosas, aquel aroma está pegado a mi rostro y por alguna extraña razón también lo siento dentro de mí. Analizo la situación con la poca conciencia que tengo y solo puedo entender que quienes me han producido esta increíble labor se han ensañado conmigo. El hambre grita desde mi estómago pidiendo aunque sea un bocado, lo que sea.  Trato de levantarme, será difícil por el dolor que me acompaña y carcome mis huesos; mis rodillas crujientes y congeladas no son un obstáculo para hacerlo, resbalo por un momento sobre algo viscoso, hago un mejor esfuerzo sin importarme este martirio; es la desesperación la que me da la fuerza que no tiene mi cuerpo para escapar de esa brisa gélida, que traspasa mis entrañas. Arrastrando mis pies consigo apoyarme en la pared, apenas me acostumbro a la oscuridad de esta habitación, no la reconozco, es un ático de gran tamaño, la luz ingresa por el agujero que sostenía una ventana que al parecer fue destruida violentamente. Buscar el interruptor es innecesario, el foco está destrozado; hay varias sillas caídas y dispersas, allí, al fondo, esa puerta entreabierta debe ser la salida.

Todo es extraño, está nevando, pero falta un mes para que llegue el invierno, ¿qué ha sucedido? Las uñas de mis pies y manos sobresalen de mis dedos, parecen garras dispuestas a despedazar esta realidad propia de un castigo del infierno. Toco la sustancia viscosa… ese olor, no hay duda, es sangre. Siento miedo, ¿qué hago en este lugar tenebroso?... ¡Cálmate!, respira, vamos, respira… debo tranquilizarme para continuar con vida. Camino hacia la salida, en medio hay restos de cuerdas desgarradas que me llevan hacia un rastro unos metros más allá… no puedo creerlo, son tres hombres… no los vi antes porque estaban ocultos por la oscuridad, mejor corro hacia la salida… detente… ¿si están con vida? ¡Podrían ayudarme!… Me agacho lentamente, sujeto su fría piel, no tienen pulso, les rompieron el cuello; me secuestraron como a ellos y creyéndome muerto se fueron o están cerca, debo huir. Venciendo mi repulsión y las ganas de vomitar, busco entre sus ropas, los bolsillos están vacíos, no hay nada que pueda usar para defenderme, al menos cojo uno de sus abrigos. Estoy haciendo cosas que jamás pensé experimentar.

Llego a la escalera, la madera cruje, ruego que nadie me escuche, al llegar al final hay una sala con muebles, en las paredes hay cuadros, algunas imágenes muestran a uno de los sujetos muertos, lo reconozco por su frondosa barba, son diplomas con su nombre, mencionan que es un psiquiatra, trabaja en el asilo para enfermos mentales de la ciudad, ¿qué rompecabezas es este? ¡Maldición! Tal vez sus pacientes… sí, ellos escaparon y se vengaron, aunque no entiendo… ¿por qué me trajeron aquí?... ¿Es acaso un experimento que se salió de control? Estoy divagando o ya estoy loco… No creo que uno solo nos haya torturado, vi a uno en mi casa y me trajeron amarrado, las marcas en mis muñecas y mis pies serían tal vez por mi resistencia. Es una jugada del azar que esté con vida, es otra oportunidad, no quiero desperdiciarla, ¡no quiero morir! Llego a otra habitación más pequeña, hay un teléfono, llamaré a la policía… detente… ¿qué les diré? Pensarán que soy el asesino… si huyo también lo harán, al menos estaré libre para buscar a los verdaderos culpables. Agudizo mis oídos para reparar en cualquier ruido que delate la presencia de alguno, es una tensa espera… solo hay silencio. Parece que es el estudio del psiquiatra; trato de abrir las ventanas, son muy pesadas. Busco algo con lo que pueda protegerme y encuentro el atizador de la chimenea. Esa larga barra me serviría mejor que un cuchillo para golpear con mis pocas fuerzas a los asesinos. Si muero al menos me llevaré a uno al infierno.

Me apresuro a salir, mas reparo en un periódico encima del escritorio. El titular me sorprende: “El lunes empieza el juicio del asesino de West Lock”. ¡Esa es la calle donde vivo! ¿Por qué la fotografía de mi familia está a un lado? No puedo creerlo, la fecha es de ayer, han pasado veinte días desde mi último recuerdo. Sigo leyendo las palabras que narran lo sucedido, cada línea que describe cómo murieron es una herida más que sacude mi corazón. ¡No! Me imagino aquellas escenas de sangre, y yo sin poder ayudarles, ¡no pude hacer nada!... Esa noticia es mentira, no puede ser cierto, no, no, no, ¿por qué me atormentan así? ¿Por qué permites esto? Quiero morirme, ya no deseo huir, no hay nada porqué luchar, que vengan los asesinos y terminen conmigo… no recuerdo nada ¡Dios mío! Tengo miedo de seguir leyendo, pero necesito hacerlo para saber la verdad. La noticia menciona que no han hallado a los culpables. No es necesario, fueron los mismos que me trajeron aquí, ellos los esperaron y terminaron sus vidas mientras yo estaba inconsciente. ¡Bastardos! Los haré pagar por haberle hecho eso a mi familia ¡miserables!… Me quedo quieto. ¿Y ese ruido?... Viene de la puerta trasera, ellos están allí… me limpio las lágrimas y trato de serenarme, ¡contrólate! Mis manos sujetan con más fuerza el atizador y avanzo, espero que entren… no lo hacen, iré a buscarlos… 

Abro la puerta, no hay nadie a la vista y salgo al jardín cercado por un gran muro, aguardo… no hay nadie a mi alrededor. No veo huellas, continúo inspeccionando… es difícil con la nieve acumulada; eso no será un obstáculo para la libertad y mi venganza. Descubro un pasadizo que recorre un lado de la casa hasta llegar a la calle, al final hay una puerta entreabierta. Avanzo con esfuerzo, levanto la vista y veo el espacio vacío en la pared del ático donde antes había una ventana, en la nieve están los restos de vidrio y madera, debo ir por un lado con cuidado, pensé que habían arrojado un mueble destrozándolo, no entiendo por qué no resalta entre los escombros. Me tropiezo con algo y pierdo el equilibrio. No me hundo por completo porque hay algo suave debajo de mí, es una tela oscura, ¡estoy perdiendo tiempo! Aunque nadie me sigue debo apresurarme. Me paralizo al notar que algo brilla entre esa tela, lo levanto y descubro un bordado con hilo dorado, ¿qué sucede? Tal vez sea uno de los asesinos que murió arrojado por la ventana, eso me conviene, uno menos que matar ¡pero deseaba hacerlo sufrir! Tengo que ver entre sus ropas algo que me ayude a saber sobre los otros, una nota, algún indicio. Al moverlo sobresale su mejilla… no, no… es un anciano, no podría ser uno de ellos, se ve muy débil; con horror y estupefacción consigo ver su cuello blanco, es una sotana, ante mi está… ¡un sacerdote! Aparto la nieve y puedo verlo con claridad. Mi mano tapa mi boca ahogando un grito de espanto, uno seco y agrietado. Su rostro… tiene una expresión de terror como si hubiera visto al mismo demonio: sus párpados muy abiertos y sus ojos casi saliendo de sus órbitas, la lengua fuera y morada, su boca, Dios mío, esa boca está desencajada de una forma tan espantosa, su cuello está quebrado y los huesos sobresalen de él, fue asesinado como los otros tres hombres, ¿quién pudo hacerles eso? ¿Quién tendría semejante fuerza para quebrarlos y más aún matar a un hombre santo? Esto es sobrenatural… Su brazo se aferró muy fuerte a un objeto antes de morir,  descubro que es un libro antiguo, su cubierta es de cuero, distingo el título del libro y cada letra se impregna en mi retina; no, ¡no puedo creerlo! ¿Qué estoy viviendo? Dice…“Ritual Romano de Exorcismo”. Mis manos tiemblan y dejan caer el atizador mientras presiento que hay algo detrás de mí, podría decir que no es humano, volteo a ver y la misma sombra que me visitó en mi recámara está allí mirándome, suspendida sobre la nieve, con unos brazos que terminan en peludas garras, su rostro posee unos ojos vacíos que derraman sangre, ahora recuerdo todo… trato de cerrar mis párpados ante aquel bestial ser que poseyó mi cuerpo y alma, pero algo familiar en él me lo impide… y aquel susurro que taladra mi cabeza aumenta de intensidad hasta reconocer varias voces en una sola, tan antigua e inhumana que proviene de una dimensión de entre esta tierra y el infierno. Entre tantos idiomas reconozco su mensaje… ¡Regresé!… ¡Voy por ti!

***

Jim Rodríguez (Lima, 1976). Ha publicado la novela Apokhalipzis: La máquina del tiempo (2015). Ha sido incluido en Se vende marcianos: muestra de relatos de ciencia ficción peruana (2015), ¡Marty llega!: cuentos peruanos sobre viajes en el tiempo (2015) y Selección Gallera: cuentos y relatos de autores peruanos Vol.4 (2015).